Se publica con frecuencia en España novela histórica ambientada en al-Ándalus, y se reseña con tibieza casi sistemática: tres líneas en el suplemento, una cita de la sinopsis, una palabra amable. Zaida (Versos en la celda), la primera novela de Ángel Martín González, publicada por Ediciones Amaniel en 2026, va a entrar muy probablemente por esa puerta y va a salir por la misma sin que apenas nadie repare en lo que el libro propone. Conviene, por eso, decirlo desde el principio: estamos ante un texto incómodo, formalmente más arriesgado de lo que parece, y discutible —en el buen sentido—. Ese tipo de libros que se dejan despachar precisamente porque no caben en las casillas con que la crítica está cómoda.
La trama puede contarse en cuatro líneas. Año 713, conquista bereber de Ronda. Tarik condena a su mujer, Zaida, a una celda excavada en la roca al pie del Tajo por haberse enamorado de un esclavo cristiano. Diez años de encierro. Diez poemas escritos por la condenada, uno por cada año, en los pergaminos que su carcelero le tira para que documente su muerte. La hija de los amantes, Tayri, es entregada al lugarteniente Said y educada para la guerra. El final, que no se cuenta aquí, lo cierra ella.
Hay que decirlo. La primera tentación al leer una sinopsis así es ubicar el libro en el casillero de las novelas de mujeres oprimidas que recuperan agencia al final, género que en los últimos años ha producido demasiados libros débiles porque confunde la importancia del tema con la importancia del texto. Zaida no es ese libro. Y no lo es porque toma una decisión formal que muy pocas novelas históricas españolas se atreven a tomar: la de incrustar dentro del relato un poemario completo. No epígrafes, no glosas, no decoración. Diez poemas con sus diez títulos numerados, cosidos al cuerpo de la novela como si la prosa no pudiera sostenerse sola y tuviera que apoyarse en el verso para no caerse. Dicho de otro modo: la novela acepta que su protagonista —encerrada, sin interlocutores, condenada al monólogo— solo tiene una forma posible de hablar. Y la mantiene.
Conviene detenerse aquí porque es la decisión que sostiene el libro entero. Una novela contemporánea normal habría usado el monólogo interior, una técnica narrativa ya domesticada hasta el cansancio. Martín González decide en cambio reconocer que el monólogo de una mujer encerrada durante diez años no funciona en clave narrativa: funciona en clave lírica. Y se atreve a colocar el verso en pleno cuerpo del relato. La operación implica un riesgo considerable —el de que el lector lea los poemas y los pase por alto, como si fueran adornos—, pero también una ganancia importante: cuando el verso aparece, todo se detiene. La prosa, que en algunos tramos viene cargada de información histórica densamente acumulada, se interrumpe. Y entra otra voz. Esa interrupción es, posiblemente, lo más político del libro.
Hay un segundo movimiento que merece comentario. Tayri, la hija que crece en cautiverio y que el lugarteniente entrena para morir, también escribe versos. Dos. Uno a su madre, otro a su padre, ambos en pergaminos que nadie va a leer. La pareja Zaida-Tayri configura así un linaje subterráneo de mujeres que escriben sin destinatario, lo cual es un comentario más interesante sobre la historia de la literatura de mujeres en España de lo que el libro reclama para sí. Y conviene decirlo: el autor no subraya esa lectura. La deja ahí, abierta, para quien quiera recogerla. Esa contención, hoy, no es habitual.
No conviene tampoco hacer panegírico. Hay costuras visibles. La estructura por años —del 713 al 723— termina arrastrando al texto hacia un esquema cronológico que en algunos tramos pesa: hay capítulos en los que la novela se detiene a explicar las campañas militares en el norte, la organización de las salinas o la cría del gusano de seda con un detalle que no necesariamente ayuda al pulso íntimo del relato. Y la figura de Tarik, perfilada con eficacia en sus primeras apariciones, se desliza en algún momento hacia el villano arquetípico, perdiendo parte del relieve psicológico que el libro habría agradecido. Pero estos son los reproches que se le hacen a un libro al que se quiere tomar en serio. Lo que no se le puede negar es que toma una decisión formal y la sostiene hasta el final.
El autor, Ángel Martín González, llega a la novela tarde, a los sesenta años, después de una carrera entera dirigiendo hoteles y de dos poemarios previos. Esa biografía importa: explica por qué los versos del libro funcionan tan bien y, al mismo tiempo, por qué el manejo de la maquinaria narrativa no termina de igualar la altura de la materia lírica. Conviene leerlo así, con esa doble medida. No como una novela histórica más entre las muchas que se publican, sino como una primera novela escrita por un poeta que ha decidido, contra el consejo más probable, no separar las dos cosas.
Este libro va a quedarse esperando lectores que sepan distinguir entre la novedad temática y la novedad formal. Va a tener pocos. Pero los va a tener.
— Ana María Olivares
