La última palabra la tiene el no

Se va a decir que Sinencuentro es una historia de amor tardío contada a dos voces. Es verdad a medias, y la mitad que falta es la que merece discusión. El libro que firman Enrique Graciani Constante y Eloísa Zapata Tinajero cuenta, en efecto, el cortejo de un hombre mayor a una amiga de muchos años y la noche de tormenta en que él se declara. Pero lo que de verdad pone en escena no es el amor: es una negativa, y el derecho a darla sin tener que justificarse más de lo necesario.

Conviene empezar por las dedicatorias, porque ahí está el libro entero en miniatura. La primera parte, “Punto de vista de él”, se abre con un poema dedicado a la mujer trabajadora que, en pocos versos, se contradice con una candidez casi conmovedora: empieza con «¡Oh tú! Costilla de Él, / Adán ornado en azahar,» (p. 11) y termina pidiendo, en mayúsculas, «IGUALDAD.» (p. 11). La costilla de Adán y la igualdad en la misma estrofa. La segunda parte, “Punto de vista de ella”, se abre con otra dedicatoria a la mujer, esta vez sin Génesis de por medio: «A ti Mujer / que optas por tu libertad por encima de todo.» (p. 75). Son dos ideas de lo que es una mujer, y el libro tiene la honradez de no esconder la distancia que hay entre ellas.

La asimetría es deliberada y hay que leerla así. Él ocupa más de sesenta páginas de verso; ella, dos de prosa y un obituario. Él rodea el acontecimiento sin nombrarlo del todo, con estribillos, finales alternativos y cartas inventadas. Ella lo cuenta de una sentada. Y lo que cuenta desmonta buena parte de lo anterior: los mensajes que él guardaba junto a la lamparilla como si fueran besos son, para ella, «mensajes asépticos de whatsapp en los que intenta disimular su interés personal.» (p. 77). Lo que él vivía como espera, ella lo describe como un asedio: «Él, compañero de toda la vida, había ido estrechando el cerco en torno a mí.» (p. 77). La palabra no es inocente, y el libro no la suaviza.

Lo interesante es que la negativa no se presenta como frialdad ni como castigo. Eloísa Zapata Tinajero escribe la tentación sin pudor —«El frío de la noche me impelía acurrucarme en su pecho dentro de la intimidad del coche.» (p. 78)— y escribe a continuación la decisión, que es otra cosa: «Vencí. Me vencí a mí misma para no caer en la apetitosa trampa.» (p. 78). Las razones vienen después y tienen una claridad que no admite réplica: «No, no lo quiero lo suficiente como para dejar toda mi vida y empezar otra distinta con él.» (p. 78), y sobre todo «No, no quiero dejar de ser libre.» (p. 78). No hay discurso, no hay tesis. Hay una voz, firmada por una autora nacida en 1941, que explica por qué prefiere su vida a la que le ofrecen. Eso, en un libro de poesía amorosa, es un gesto político, y uso la palabra con cuidado.

El aparato metaficcional de la primera parte merece atención, y también algún reparo. Graciani se inventa una carta de un lector que le acusa de mirar la historia en blanco y negro, «te comportas como un daltónico.» (p. 63), y le recuerda que ella tal vez vea grises, colores, matices. Es un acierto: el propio libro formula la crítica que cualquiera le haría. Pero la respuesta del autor llega demasiado deprisa. En la carta siguiente acepta la reprimenda con dos versos, «Acepto tu crítica y hago constar / mi más sincero arrepentimiento.» (p. 65), y la Redacción cierra el asunto alegando que «No es costumbre en la Redacción aceptar, publicar las polémicas.» (p. 67). El arrepentimiento queda declarado, no trabajado. El libro abre la discusión y la cierra en cuatro páginas, que es justo lo que no debería hacer un texto que quiere tomarse en serio la otra mitad.

Hay otra costura que conviene señalar. Tras las dos páginas de ella, el volumen no termina: vuelven un poema de él, “El Duende”, y un epílogo firmado con su nombre. La estructura le devuelve la última página al hombre, que la usa, eso sí, para preguntarse con humor quién tiene la culpa de todo: «¿Es Erató culpable? Ni se sabe.» (p. 84). Se puede leer como un descuido de composición o como una confesión involuntaria de cómo funcionan estas cosas. Yo me inclino por lo segundo, y no lo digo como elogio. Más sutil, y más acertado, es el cruce de los obituarios: el adiós de ella a una compañera de facultad, «Te fuiste sin hacer ruido, sin dar la lata, sin que nadie supiéramos de tu enfermedad.» (p. 53), está dentro de la parte de él, y el de él a un amigo está dentro de la parte de ella. Las dos mitades no están selladas. Se contaminan, como se contaminan las versiones de cualquier historia compartida.

En lo formal, la parte de él es irregular: verso libre de medida variable, hipérbatos que a veces suenan a juego y a veces a tropiezo, piezas de ocasión que aflojan el hilo. El estribillo que las une, «Todo pasó y… no fue nada. / Nada pasó y… fue todo.» (p. 28), es lo mejor de esa mitad, porque contiene en dos versos la paradoja que ella resolverá en prosa con una frase casi gemela: «Nada pasó y pasó tanto. Nada cambió y lo cambió todo.» (p. 78). Ella no inventa una fórmula nueva; le devuelve la suya, corregida. Ese préstamo es la mejor prueba de que el libro está pensado como un diálogo y no como dos textos encuadernados juntos.

Sinencuentro no es un libro perfecto, ni lo pretende. Pero hace algo que muchos libros con más ambición no se atreven a hacer: deja que el no tenga la última palabra del relato, aunque no la última página del volumen. Y lo hace sin convertir a ninguno de los dos en villano. Esa es la discusión que merece, y no la del amor tardío.

— Ana María Olivares