Resiliencia de de Yohana Anaya Ruiz: el poema de la derrota lírica
El libro de Yohana Anaya Ruiz se abre con la pretensión de conmover y se cierra con la desolación del lector desilusionado. «Resiliencia» es una obra que naufraga en su propio deseo de ser. La autora proclama la resistencia frente al dolor, pero su poesía no resiste ni el primer embate del tedio. Todo es aquí limpio, claro, transparente hasta la inanidad; falta la suciedad vivificante del verso que atrapa, la cortante precisión de la imagen, el sobresalto de la escritura que no pide permiso. Es literatura confortable y apolillada, carente del agrio y necesario sabor de la verdad.
La autora dedica noventa poemas a su difunta abuela, pero en lugar de celebrar el duelo con la exigencia que merece lo perdido, se entrega a una acumulación de tópicos sentimentales, de lugares comunes puestos al servicio de un lloriqueo contenido. Cada composición procura la lágrima fácil, pero ninguna arranca el sollozo interior, la herida permanente. Se echa en falta la gravedad de la palabra. El lenguaje es blando, doméstico, apto para esa zona del afecto que no molesta, que no inquieta, que no desgarra. La poesía verdadera es otra cosa: es riesgo, cortante, incomodidad, golpe de sangre, fuerza que no se disculpa.
El lector recorre sus páginas y descubre que nada de lo que allí se dice resuena más allá del instante. Las metáforas son escolares, los ritmos planos y el ejercicio general de introspección resulta poco más que un paseo por la superficie emocional. La poesía exige musculatura, exige hambre, exige vértigo. Aquí hay anemia y buenas intenciones. El libro roza el intimismo pero nunca se zambulle en él; prefiere la seguridad del consejo moral, de la frase hecha, del verso que no compromete ni altera nada. Se trata de un poemario cómodo, pensado para no importunar ni ofender, nunca para zarandear o desvelar alguna zona oscura del alma.
Resiliencia es el testimonio de una escritura que se resiste a ser literatura. La autora, en su voluntad de ser sincera, olvida que la poesía no es declaración ni trámite psicológico: es construcción, elaboración, artificio riguroso puesto al servicio de la emoción verdadera. Y aquí lo que falta, precisamente, es esa verdad que nace cuando el lenguaje deja de ser doméstico y se vuelve salvaje. El libro queda varado entre lo personal y lo publicable, entre el recuerdo nostálgico y la imposibilidad de convertirlo en materia lírica. Leer «Resiliencia» es asistir a la derrota de una voz que pudo ser y prefirió conformarse con el gesto plácido de la autoayuda poética.
