La torpeza como método

La literatura de hadas arrastra, desde las colecciones de cuentos del siglo XVII hasta las versiones edulcoradas que poblaron la infancia de varias generaciones, una tensión nunca resuelta entre el prodigio y la norma. El hada ha sido casi siempre la figura que corrige el desorden del mundo con un gesto, el instrumento de una justicia poética que llega de fuera. Pocas veces se ha pensado qué ocurriría si el desorden lo trajera ella. Peripecias del hada torpe Titania, que firman Salvador Carrión Pascual y Begoña Varona Pereda y publica Ediciones Amaniel, parte exactamente de esa inversión y la convierte en principio constructivo de un libro de largo aliento. El nombre de la protagonista no es inocente: Titania es la reina de las hadas de El sueño de una noche de verano, y la heroína de este libro viene a ser, en más de un sentido, su reverso.

El volumen se organiza en treinta y un episodios y un anexo, y conviene detenerse en esa arquitectura, porque en ella se juega buena parte de su interés. Los diez primeros episodios funcionan como piezas autónomas, de factura próxima al apólogo: un conflicto del Bosque Nevado —una disputa de ardillas, un hongo que pudre los árboles, un lobo herido que rechaza ayuda, un topo que se aísla en su madriguera— se resuelve mediante una intervención de Titania que casi siempre fracasa como hechizo y triunfa como gesto. A partir del undécimo, con el despertar de la ninfa Akelia, el libro gira hacia la novela de búsqueda: hay que recuperar cinco Corazones de Madera, cada uno vinculado a una virtud —respeto, humildad, esperanza, redención, acción— y a un punto del mapa. Más adelante la búsqueda se desplaza a un orden cósmico, con ciudades flotantes, un bajel que navega los cielos y amenazas que ya no son naturales sino abstractas: el olvido, la afonía, una geometría que pretende reducir lo vivo a un patrón.

Lo interesante aquí reside en que la torpeza de la protagonista no es un rasgo de color, sino un método narrativo. Cada vez que Titania intenta resolver un problema con la magia prestigiosa —la de las hadas que, mientras ella tropieza, «tejían auroras boreales con hebras de seda»— el resultado es un desastre menor y cómico; cada vez que renuncia al conjuro y observa, escucha o pide ayuda, el problema cede. El tercer episodio lo formula con una limpieza casi programática cuando, frente al hongo negro que ningún encantamiento consigue erradicar, el narrador concluye: «El hongo no necesitaba un contrahechizo; necesitaba higiene y ventilación». La moral del libro está ahí, en esa sustitución de lo prodigioso por lo práctico, y en la figura del leñador que la encarna: un personaje sin nombre, de oficio manual, cuya ética de la medida —solo toma del bosque lo necesario para vivir— acaba siendo, en la mitología interna de la obra, la llave que despierta a la ninfa guardiana.

Esa coherencia de fondo se sostiene con un recurso que los autores administran con habilidad: el contrapunto. Allí donde el relato se eleva hacia la épica, una caída de Titania lo devuelve al suelo. La escena ante el Arquitecto de Áureo, en el episodio vigesimotercero, resulta ejemplar en este sentido: tras párrafos de una solemnidad casi litúrgica, el hada tropieza con el dobladillo de su vestido y cae de rodillas, y el Arquitecto responde con una frase que bien podría servir de poética del libro entero: «La gravedad, querida Titania, es solo el poema con el que la masa expresa su amor por el suelo». La tradición del poema burlesco —el anexo final la declara abiertamente— asoma en esa voluntad de rebajar lo sublime, y el libro se emparienta así, aunque sea de lejos, con una línea que en nuestra lengua va de la Gatomaquia a la poesía infantil de Gloria Fuertes, donde la ternura y la burla conviven sin estorbarse.

Merece la pena subrayar también la presencia del verso dentro de la prosa. Las canciones de los bardos, deliberadamente torpes, conviven con piezas de factura más cuidada: las dos canciones con que Titania serena al lobo herido —la segunda, una nana con estribillo— o el canto con que obtiene el Velo de la Aurora, cuyo estribillo, «Yo no quiero ser guiada, / mas quiero ser camino», condensa en dos versos la ética de una protagonista que renuncia a imponer para dejarse atravesar. El contraste entre ambos registros es en sí mismo significativo: la mala poesía de los bardos es la que se toma demasiado en serio; la buena es la que nace del cuidado.

No obstante, la ambición estructural tiene su coste. La segunda mitad del libro, a partir de la llegada a Áureo, acumula escenarios, artefactos y entidades —un cilindro de cobre, un Brote de Savia, una Llave de Lenguas, una Brújula de Intuición, el Guardián de las Horas, el Vigía de lo Invisible— a un ritmo que no siempre deja asentar su sentido, y la prosa se carga de un léxico de resonancia científica o esotérica, con términos como «sizigia», «antimateria» o «algoritmos», que tensa el registro por encima de lo que la propia fábula reclama. Allí donde los primeros episodios confiaban en la imagen concreta —las bellotas que se multiplican, la chimenea encendida de un soplo—, los últimos tienden a lo abstracto, y el lector, joven o adulto, puede perder el hilo de la causalidad entre una prueba y la siguiente. Es la tensión propia de un libro que, nacido como serie de apólogos, quiso convertirse en saga sin renunciar a ninguno de sus materiales.

Con todo, el libro alcanza en su último episodio una madurez que justifica el trayecto. Sin desvelar lo que allí ocurre, cabe decir que el tono cambia: la comicidad no desaparece, pero se tiñe de duelo, y la torpeza de Titania deja de ser un rasgo cómico para convertirse en la forma misma de su resistencia. Frente a quien pretende humillarla, la protagonista resume su aprendizaje en una frase de notable sobriedad: «El leñador no me enseñó a ser perfecta, me enseñó a ser útil». Difícilmente podría formularse mejor la idea que recorre la obra desde su primera página.

Peripecias del hada torpe Titania es, en definitiva, una fábula sobre el aprendizaje que se atreve a desmontar el prestigio del prodigio. Su mejor lección no está en la épica de los corazones ni en las ciudades del cielo, sino en una cabaña con las banquetas clavadas al suelo, donde un hombre paciente enseña a un hada que el poder sin cuidado es solo ruido. Libros como este recuerdan que la literatura para los más jóvenes puede ser también una forma seria de pensar el error.

— Antonio Graña Ojeda