El territorio como poética

La relación entre la poesía española contemporánea y el territorio local ha producido resultados muy desiguales en las últimas décadas. Entre el costumbrismo sentimental y la abstracción que diluye el espacio en concepto, son pocos los libros que consiguen hacer del lugar de procedencia un laboratorio genuino de escritura. Las huellas de la Sierpe, de María Ángeles Solís del Río (Editorial Poesía eres tú, 2026), se sitúa en ese espacio difícil con una propuesta que merece ser leída con atención.

Solís del Río, poeta jaenesa con una larga trayectoria de colaboraciones y con el Premio Provincial de Poesía Federico Mayor de 2003 como referencia anterior, publica aquí su primer libro en sello editorial. El volumen propone un recorrido poético por Jaén articulado en torno al mito del lagarto de la Magdalena —la sierpe legendaria que, según la tradición oral, habitó el raudal del barrio y que fue destruida por un preso mediante un ingenioso ardid— y ampliado hacia las dimensiones cósmica e histórica que ese mito puede soportar. La apuesta es ambiciosa para un primer libro, y conviene señalar desde el principio que la autora la lleva a cabo con solvencia.

El libro se organiza en cuatro partes: «Al principio», «Lugares», «Él» y «Santo Reino». La progresión es simbólica: de la tierra olivarera y el agua de la leyenda a la contemplación del patrimonio monumental, de la narración del mito en sus variantes histórico-cósmicas a la meditación sobre la identidad jaenesa en el presente. No obstante, lo más interesante desde el punto de vista de la construcción no es la arquitectura del conjunto sino el uso diferenciado de las formas métricas en cada parte. La décima espinela de «Tierra Olivarera», la terza rima dantesca de «Brazo de Mar», los sonetos de «El Mito» y «Draco», las quintillas de los poemas breves de la segunda parte, el romance de «Leyenda» y el verso libre de los poemas más intimistas: cada forma responde a una necesidad expresiva diferente, y esa correspondencia forma-contenido es uno de los signos de madurez técnica más evidentes del libro.

Merece la pena detenerse en «Brazo de Mar», que adopta la estructura de la terzina dantesca —ABA BCB CDC— con una corrección que no siempre se logra en castellano. El encadenamiento de las rimas produce un efecto de avance inevitable que imita el movimiento de la sierpe hacia el raudal antes de que la bestia haya aparecido siquiera en el texto. La forma trabaja antes que el contenido. Es un recurso difícil y funciona.

La segunda parte del libro, «Lugares», opera de forma diferente. Los nueve poemas breves —casi todos quintillas— no pretenden el análisis ni la narración: capturan la emoción esencial de cada monumento en cinco versos. El riesgo de este procedimiento es la levedad, la impresión de que el poema no ha querido decir más de lo que dice. Solís del Río lo evita en la mayoría de los casos con cierres de verso que abren más de lo que cierran: «pasado muerto que en tus sienes muerdes» (San Miguel), «La soga de la sierpe ata triunfante» (Baños Árabes). La sierpe como símbolo de la seducción que ejerce el pasado sobre quien lo visita es una lectura que el libro no impone pero que hace posible, y esa posibilidad es la que convierte los poemas breves de esta parte en algo más que fotografías.

La tercera parte, «Él», es la de mayor ambición narrativa. «Leyenda» recorre el mito del lagarto en estructura de romance —octosílabos en asonancia— con una eficacia narrativa notable: el miedo colectivo, la recompensa ofrecida por las autoridades, el preso que acepta el desafío, el ardid de los corderos y la yesca, la explosión. Los diálogos encajados en la narración —«que me den la libertad, / si yo mato al lagarto»— tienen la concisión y la energía del romancero popular. El cierre del poema, en el que la muerte del lagarto ilumina el cielo rojo mientras regresa el poeta, conecta la liberación colectiva con el acto de la escritura de forma que no parece forzada.

La cuarta parte, «Santo Reino», abandona la narración del mito para la contemplación del territorio. «Olivo» cierra con un estribillo —«Tierra que sangra / cuando gritas. / Tierra de entrañas / de mujer»— que funciona como síntesis del libro: la tierra como cuerpo, la identidad como herida. El poema final, «Catedral», es el más complejo de la cuarta parte y el que mejor articula el arco simbólico del libro. La sierpe que reaparece como guardiana del misterio de las puertas verdes de la catedral no es la bestia del lagarto ni la amenaza de «Magdalena»: es otra cosa, y ese desplazamiento semántico final es lo que da al libro su dimensión más duradera.

Hay momentos donde la tensión dramática se sostiene con menor regularidad —algún poema de la segunda parte queda por debajo del nivel del conjunto— pero el libro tiene una coherencia de proyecto y una consistencia técnica que lo distinguen del grueso de la poesía de tema local que se publica en España. Es, en definitiva, un primer libro que indica con claridad en qué dirección trabaja su autora, y esa dirección merece seguimiento.

— Antonio Graña Ojeda