A la espalda de la muerte

La elegía al padre ocupa en la poesía española un lugar que no admite recién llegados distraídos. Desde que Jorge Manrique fijó en sus coplas la medida de ese duelo, quien se asoma a escribir la muerte del padre sabe que camina por terreno muy transitado y que la emoción, por sí sola, no basta para abrir un sendero propio. La cuestión no es tanto qué se siente como qué se hace con lo sentido, de qué manera el dolor encuentra una forma que lo sostenga sin desfigurarlo.

Alejandro Lama Prada (Sevilla, 1978), licenciado en Derecho y empleado en la administración de la Universidad de Sevilla, llega a la poesía tras un recorrido por otros géneros: los dos títulos dedicados a la aventura de Theia, Cicatrices mojadas (2021) y Theia y sus géneros (2023), y el volumen autobiográfico Erteado y acovidado: nivelao (2022), donde ya convivían el cuento y el poema. La respuesta (El amor es más que la vida) (Editorial Poesía eres tú) es su primer poemario, y en él atraviesa la muerte de su padre. No parece casual que un verso de «Luna de sangre» recoja el título de aquel primer libro, «de cicatrices mojadas»: la obra anterior asoma en la nueva sin subrayados.

Conviene detenerse primero en la arquitectura, porque es una de las decisiones más meditadas del conjunto. Tras un poema de agradecimiento dirigido a «nuestro ángel» y a una mariposa que el texto no precisa más allá de su aleteo, el volumen se ordena en tres tiempos: «Aproximación», con diez poemas; «En tránsito», con ocho; y «Seguimos», con nueve. La secuencia dibuja un antes, un durante y un después del duelo: la naturaleza y la infancia como lugares de acercamiento, la habitación del hospital, la convivencia con la ausencia. El poema inicial, «El sendero», anuncia ya la clave del libro cuando se cierra con dos versos que remiten a su título: «a tu espalda / la respuesta». La espalda, que reaparece en «Desde el tacto» («a nuestra espalda / se mueve») y vuelve en «Maderas» y en «Ya no eres tiempo» («a la espalda de la muerte»), funciona como un motivo que cose las tres secciones: lo que se busca no está delante, sino detrás, en aquello que acompaña sin dejarse ver.

En «Aproximación» predomina un verso breve que avanza por acumulación de sensaciones. Hay aquí una voluntad declarada de poética, «no es una idea la poesía. / Es una emoción», se lee en «Horizonte unido», y esa divisa explica tanto los aciertos como los límites de esta primera parte. Los aciertos llegan cuando la emoción se deja mediar por una imagen concreta. «Huellas de amor» recoge la ocurrencia de una hija que ve en las nubes algodones de azúcar sobrantes de los ángeles, y el poema la prolonga con una metáfora de notable plasticidad: «Las esponjosas costillas / del cielo». «Oscuridad sentida», quizá el mejor poema de la sección, regresa a la infancia, a la luz de luna sobre la almohada y a la chicharra del verano, para convertir la oscuridad en una presencia que se palpa y se respira, en una línea que un lector atento emparentará, salvando las distancias, con la noche de la tradición mística: «Es bonita la oscuridad, / se siente tan bella».

No siempre ocurre así. En varios poemas de esta primera parte el discurso tiende a explicar lo que la imagen ya había dicho, y el cierre se vuelve sentencia. «El reflejo» construye con cuidado el retrato de una montaña acariciada por el agua y por el cielo, y lo resuelve en una moraleja, «Así nosotros / sin amor», que reduce el alcance de lo anterior; «Fe cierta» termina con un aforismo que declara en lugar de mostrar. Es un riesgo que atraviesa el libro entero: la frecuencia de términos como alma, esencia, infinito o amor incondicional acaba por desgastarlos, y se echa en falta la desconfianza hacia la palabra grande que distingue la mejor poesía del duelo. Se trata de un límite y no de un defecto invalidante, porque el propio libro ofrece la prueba de que su autor sabe hacerlo de otro modo.

Esa prueba está en «En tránsito», la sección central y, a mi juicio, la más lograda. «Tu mano» arranca con una constatación física, «Tu mano estaba fría / y antes de irme / su temperatura cambió», y en esa atención al detalle corporal reside su verdad. «La risa que no escuché» se atreve con un dato que otro poeta habría omitido por pudor, la cara que se desfigura sin la dentadura en la cama del hospital, y lo convierte en el centro de una escena de ternura: el hijo que bromea, el padre que ríe, el «te quiero» entregado para el viaje. «Duelo de amor» es el poema más audaz del conjunto en lo formal: versos casi todos de seis sílabas, telegráficos, que yuxtaponen el rosario cantado, el «cartón de abanico», las máquinas que avisan y los médicos que corren, mientras un estribillo, «Tú sobrevolabas», sostiene la escena por encima del desorden clínico hasta un verso final de economía admirable: «Avioneta vuela».

«Mar de nubes» concentra en dos palabras la emoción que otros textos dispersan: «dos palabras tiemblan / en las paredes de mi corazón: / Hola hijo». La anáfora que sigue, «Ya el corazón deja de latir / Ya se para la respiración», marca el tránsito con una cadencia de letanía que recuerda que la elegía española ha sido siempre también una forma de rezo. «Recuerdo» cierra la sección con una sensorialidad doméstica, la copa de solera compartida, la colonia en el pasillo, el humo del cigarro que impregna la almohada, que hace más por la presencia del padre que muchas de las abstracciones del libro.

«Seguimos» es la sección de la convivencia con la ausencia, y su plural indica que el duelo se ha vuelto tarea compartida. Regresa aquí parte de la abstracción inicial, aunque mejor gobernada. «Luna de sangre» formula una paradoja de raíz casi mística, «Lo que se va, / está», y «Restos de vida» encuentra en el olor de la chimenea y en unas cenizas que huelen a mar una manera precisa de decir que la muerte no borra la presencia. «Ya no eres tiempo», al que le sobra algún verso declarativo, alcanza en su cierre una formulación memorable: «eres un lugar infinito / en un presente completo / de amor vivo». El libro se despide con «El cuarto de la costura», que retoma la imagen del hilo ya presente en «El hilo amarillo» y termina con una confidencia de gran delicadeza: «después de morir / te voy a seguir amando».

En su conjunto, La respuesta es un libro honesto que acierta en su arquitectura y en sus momentos de mayor concreción. Sus límites son los de un primer poemario que confía demasiado en el sustantivo abstracto y en la sentencia final, y que en ocasiones, como sucede con la rima insistente en -ado de «Instante largo», deja que el sonido arrastre a la sintaxis hacia soluciones algo forzadas. No obstante, lo que permanece después de la lectura es la mano fría que se templa, la risa en la habitación del hospital, la avioneta sobre el último verso. Merece la pena subrayar que ese contraste dibuja también un camino para la obra futura del autor: el de una poesía que se fíe más de lo visto y lo tocado que de lo nombrado.

Manrique pedía al alma dormida que despertase para contemplar cómo se pasa la vida. Lama Prada, despierto en el dolor, prefiere mirar a su espalda, donde el padre sigue estando sin estar. La respuesta que anuncia el título no resuelve la pregunta de la muerte, que ninguna elegía ha resuelto nunca, pero deja constancia de algo que la poesía sabe custodiar mejor que cualquier otro lenguaje: que el amor, cuando encuentra su forma, sobrevive a quien lo inspiró.

— Antonio Graña Ojeda