El dolor terebrante
La poesía civil arrastra una sospecha antigua y no del todo injusta: la de que el asunto —la guerra, el hambre, el exilio— sostiene por sí solo el poema y lo pone además a cubierto de la crítica. Quien escribe sobre víctimas parecería quedar exento de rendir cuentas formales. Conviene decir desde el principio que ese salvoconducto no existe, y que los libros que han permanecido en esa tradición, de César Vallejo a Blas de Otero, permanecieron porque resolvieron un problema de forma, no porque eligieran un asunto noble. Con esa vara, y no con otra más benévola, hay que acercarse a La Resistencia, el nuevo libro de David García Gutiérrez.
García Gutiérrez (Madrid, 1976) es médico de familia y doctor en Medicina, y su bibliografía anterior —»Las lágrimas de Luzbel», «La lírica de una revolución», «Dioses de plastilina» y, sobre todo, «Pandemia: con la fragilidad de un beso en la mejilla»— dibuja a un autor que escribe desde el oficio de quien ve cuerpos dañados y busca para ellos una lengua que no sea la del parte clínico. La Resistencia continúa esa línea y la traslada a un territorio más expuesto, el de la invasión de Ucrania, con una dedicatoria explícita a las víctimas de las guerras y a los refugiados. El riesgo, evidente, es el de la crónica versificada. El libro lo esquiva unas veces y otras no.
Son sesenta y siete poemas breves, dispuestos con una lógica de secuencia informativa: la irrupción, la huida, los enclaves reconocibles —»El hospital infantil de Mariupol», «Crimenes de lesa humanidad: la matanza de Bucha», «La estación de tren de Kramatorsk»—, la ciberguerra y los drones, las negociaciones, y un último tramo que se abre hacia la esperanza con «La esperanza», «Prisioneros de la alegría» y «Una ventana al futuro». El armazón es el de un noticiario ordenado y los títulos funcionan casi siempre como titulares. Lo interesante reside en la distancia entre ese rótulo documental y lo que ocurre debajo: el poema casi nunca narra el hecho que su título anuncia. Trabaja por elipsis, por enumeración, por desplazamiento. Cuando esa distancia se sostiene, el libro da sus mejores páginas.
La más lograda es, a mi juicio, «Comprar el pan en Chernigov». Un hombre sale a por pan y no vuelve, y el poema lo cuenta desde la voz del muerto, sin subrayado, con la naturalidad terrible de una diligencia doméstica: «he salido a comprar el pan». Después llega la herida, nombrada con precisión anatómica, en el lugar «donde estuvieron antes» la tráquea, las arterias, las venas y los nervios, y al final la promesa incumplida a los hijos de volver para la cena. Merece la pena subrayar la economía del hallazgo: el horror no se describe, se deduce de la trivialidad de un encargo. El poema apenas usa adjetivos porque no los necesita.
Algo parecido ocurre cuando el autor deja entrar su propio vocabulario profesional sin disfrazarlo. «Invasión y metástasis» levanta la pieza entera sobre la equivalencia entre el avance militar y la proliferación celular —«Como células tumorales que metastatizan»— y, en lugar de resultar mecánica, la imagen se afila al enumerar después, uno a uno, los signos clásicos de la inflamación. En «Los refugios antiaéreos», uno de los poemas más extensos del volumen, aparece un adjetivo que difícilmente habría escrito un poeta que no fuese médico: el dolor de los sitiados es «terebrante», el que taladra. Esa palabra, exacta y sin énfasis, vale por diez metáforas de escombros.
Hay además un gesto gráfico que recorre el libro y que no es mero adorno: la palabra paz aparece escrita en varios poemas como «paZ», con la zeta de la marca pintada en los blindados invasores. Asoma en «Negociaciones de paz», donde la propuesta queda desarmada por una imagen seca, «¿Con esa pistola en la frente?», y reaparece en «¿Paz o paz?», que plantea la distinción entre la paz pactada y la impuesta como el verdadero asunto del conjunto. La idea es buena y está bien encontrada. Repetida en cuatro poemas, sin embargo, pierde filo: lo que la primera vez sorprende, la cuarta se lee ya como un tic.
Ese desgaste por repetición es el principal reproche que cabe hacerle a La Resistencia, y no afecta solo a la zeta. El libro recurre con demasiada frecuencia a una maquinaria referencial de reconocimiento inmediato: la granja de Orwell en «Geopolítica en la granja», el camino de baldosas amarillas y el hombre de hojalata «que no tiene corazón» en «El alto el fuego: el maravilloso mundo de fantasía», la caverna de Platón en «Fake news: la gran guerra por la desinformación», el perro de Pávlov en «El gas ruso». Cada una funciona por separado; acumuladas, dejan la impresión de un libro que resuelve el poema entregándole al lector una llave ya fabricada. El caso extremo es «A veinticinco kilómetros de Polonia», donde la amenaza de una escalada nuclear se traduce a la jerga futbolística —«a la espera del VAR», la pena máxima, el gol en propia puerta— y el resultado no es ironía sino rebaja: el procedimiento empequeñece aquello que pretendía denunciar.
Conviene detenerse en «El gran dictador», el poema más extenso y el más ambicioso del volumen, porque en él se ven a la vez la virtud y el defecto. Está construido sobre una fórmula triple —Dostoievski, Tolstói y Kandinsky, invocados uno tras otro con el mismo giro, el de quien «levantase la cabeza» para reescribir su obra a la luz de esta guerra— y algunos tramos son espléndidos, en particular el del jugador empedernido que «se lo juega todo en la ruleta». Pero la pieza se prolonga bastante más allá de su propio hallazgo y desemboca en una proclamación sobre la ciencia, la investigación y las artes que suena a moción aprobada, no a verso.
Otro tanto ocurre con la anáfora, recurso al que el autor vuelve una y otra vez: las series de «Veo» en «Última hora: cuatro años de invasión, en directo», los «Amo» de «Los niños de la guerra: de regreso a los trenes», los «Defiendo» de «Una ventana al futuro» con que se cierra el volumen. Aisladas son eficaces; sumadas imponen al conjunto una monotonía de letanía que el propio material no pedía. Conviene señalar también un préstamo llamativo: en «Yo, el refugiado», la definición del desplazado culmina en «Un caminante sin camino, sin huella.», verso que remite de manera inevitable a Machado. Puede leerse como homenaje; también, con menos indulgencia, como el momento en que el poema delega su hallazgo en una memoria ajena.
Dicho lo cual, el saldo es favorable, y lo es por razones concretas. Cuando García Gutiérrez renuncia a la referencia culta y al listado, y se queda con una escena mínima y un cuerpo —el panadero sin harina, la niña «flor de invierno» con un número tatuado en la espalda por si se pierde, la paloma mensajera a la que se pide que se perdone la vida a sí misma—, el libro alcanza una temperatura que la poesía civil española reciente no prodiga. «Una nueva bandera» resume esa vía mejor que ningún otro poema: frente a la imposibilidad de detener la barbarie, quien habla solo dispone de «un quejido de esperanza» y de un cambio de color, menos rojo, «Tal vez amarillo», con tonos azules. Es un gesto pequeño, casi impotente, y por eso mismo creíble.
La Resistencia no es un libro redondo ni parece pretenderlo. Es un libro desigual, escrito con urgencia y con una decencia que en ningún momento se pone en duda, cuya mejor parte sobrevivirá al conflicto que la originó precisamente porque no lo explica. Los poemas que quedarán no son los que nombran a los dictadores, sino los que se ocupan de quien salió a comprar el pan.
— Antonio Graña Ojeda
