Hay un tipo de novela negra que lleva años pidiendo que la tomen en serio, y que casi nunca lo consigue porque el propio género la traiciona: en cuanto aparece un ejecutor competente y una organización en la sombra, la maquinaria del entretenimiento se pone en marcha y el lector se acomoda a disfrutar del espectáculo. Instrumento, el debut de Paz Clavel, juega con esa expectativa y la desactiva. Conviene decirlo desde el principio: no es una novela sobre un asesino con código. Es una novela sobre la omisión, y eso la vuelve mucho más incómoda.
Se ha empezado a hablar de ella como de un thriller psicológico solvente, y lo es. Pero quedarse ahí es perder de vista lo que el libro hace, que es algo más arriesgado: tomar las herramientas del género —el suspense, el ejecutor, la trama clandestina— y usarlas para formular una pregunta política sobre la responsabilidad. No la responsabilidad del que aprieta el gatillo, que la novela da por descontada, sino la del que mira hacia otro lado. «La violencia directa deja heridas visibles», escribe Clavel; «la omisión no». La frase funciona como tesis y como acusación.
El protagonista, Matías, fue un niño acosado ante la indiferencia de todos los adultos que podían haberlo protegido. La novela no lo usa como coartada —no estamos ante el consabido «fue víctima, luego no es culpable»—, sino como demostración de algo más fino: que la violencia se fabrica, y que en su fabricación participa una comunidad entera que prefiere no ver. El verdugo es responsable de lo que hace; la sociedad que lo abandonó es corresponsable de haberlo hecho posible. Sostener las dos cosas a la vez, sin que una anule a la otra, es el logro moral del libro.
Clavel escribe bien. No solo eso: escribe con una conciencia —y uso la palabra con cuidado— de lo que significa narrar la violencia sin convertirla en mercancía. Las ejecuciones se cuentan con una sequedad clínica que niega al lector el placer morboso que el género suele dispensar. Es una decisión estética y, sobre todo, ética. El que busque adrenalina se irá descontento. El que busque pensar, no.
La arquitectura refuerza esa apuesta. La novela está montada como un expediente fragmentario: tiempos que saltan, recortes de prensa de varias décadas, una carta, una entrevista televisiva final. El lector no recibe una historia cerrada; recibe materiales y tiene que construir el sentido. Es un dispositivo que traslada al que lee la incomodidad del que investiga, y que culmina en un final que se niega a la catarsis. No hay culpable castigado, no hay orden restaurado. Hay una pregunta que queda abierta —«¿dónde termina la justicia y dónde empieza esto?»— y un detective que confiesa no saber responderla.
Hay que insistir en una cosa: esa renuncia al cierre no es un capricho ni una moda. Es coherente con lo que el libro sostiene. Una violencia que es sistémica, distribuida, hecha de pequeñas omisiones colectivas, no admite el consuelo de un único responsable cuya caída lo resuelva todo. La novela lo entiende, y por eso termina con una imagen —una chimenea apagándose de la que no se sabe si el fuego ha terminado o solo espera aire— que es, en sí misma, una toma de posición.
No es un libro redondo. Acumula materiales en el último tercio y deja algún personaje a medio dibujar. Pero son costuras menores en una obra que se atreve a lo difícil. Frente a la novela negra que tranquiliza, esta inquieta; frente a la que ofrece monstruos cómodos de odiar, esta ofrece comprensión, que obliga a más. Es el tipo de libro al que merece la pena dedicarle una discusión larga, y más de una.
Este debut se va a seguir leyendo. Y debería seguir discutiéndose, más allá del elogio fácil con que se despachan los thrillers correctos. Porque lo que Paz Clavel ha escrito no es un thriller correcto: es una novela que piensa contra sí misma, contra su propio género, y contra la comodidad del lector que creía que venía solo a entretenerse.
— Ana María Olivares
