Europa en verso y otras obsesiones domésticas

El otro día llegó a mi buzón un sobre de esos que te hacen pensar que o te han multado o alguien se ha acordado de ti de manera inexplicablemente bondadosa. Era de Editorial Poesía eres tú —nombre que me parece precioso y ligeramente cursi, como esas frases que escribes en los márgenes de los libros cuando tienes diecisiete años y crees que vas a cambiar el mundo— y contenía un poemario titulado «El Hilo Azul: Europa en verso». Lo cogí con esa curiosidad mezcla de gratitud y responsabilidad que me produce todo lo que me envían para reseñar. Porque seamos sinceros: a mí Europa me da un poco de pereza últimamente, como esas amigas que siempre están hablando de sus problemas pero nunca hacen nada por solucionarlos.

Francisco Muñoz-Martín, que además de escribir versos se dedica al psicoanálisis —profesión que me parece muy noble pero que me genera la misma desconfianza que los fontaneros que te dicen que hay que cambiar toda la tubería—, ha tenido la ocurrencia de dedicar un poema a cada uno de los 27 países de la Unión Europea. Y digo ocurrencia con cariño, porque hay algo valiente y ligeramente absurdo en empeñarse en versificar sobre Luxemburgo cuando uno podría estar viendo Netflix.

El libro comienza con un poema titulado «El hilo azul» que habla de ese vínculo invisible que nos une a los europeos. Y yo, que llevo años viviendo entre Madrid y Nueva York, me pregunto si ese hilo no será más bien como el cable del teléfono de casa de mi madre: siempre enredado, medio roto, pero que de alguna manera milagrosa sigue funcionando.

Porque esa es la cosa con Europa, ¿no? Que todos sabemos que existe, que todos nos sentimos europeos cuando estamos fuera —sobre todo cuando nos toca hacer cola en inmigración detrás de un señor que lleva una riñonera y calcetines con sandalias—, pero cuando estamos aquí nos pasamos el día quejándonos de Bruselas como si fuera el cuñado pesado que siempre viene a comer los domingos.

Muñoz-Martín retrata cada país con esa mezcla de ternura y realismo que solo se puede permitir alguien que ha leído mucho y viajado lo suficiente. Su España es «el fuego que aprendió a bailar», frase que me parece preciosa y que describe mejor nuestro carácter nacional que mil ensayos sociológicos. Porque es verdad que somos fuego, pero un fuego domesticado, como esas chimeneas de gas que parecen auténticas pero que se encienden con un botón.

De Francia dice que «escribe con pluma firme y con labios que pronuncian libertad, igualdad, fraternidad», y a mí me entran ganas de aplaudir y de recordarle que también pronuncian «oui» cuando les preguntas si el café está bueno, aunque sepas que está horrible. Pero supongo que eso es lo que tiene la poesía: que te permite obviar los detalles molestos en nombre de la belleza.

Lo que más me gusta del libro es que no cae en el error de idealizar Europa ni de demonizarla. Sus versos sobre Alemania hablan de «cicatrices del acero» pero también de «una niña que sostiene una linterna de papel». Es decir, que reconoce el horror pero también la esperanza, que es más o menos lo que hacemos todos cuando pensamos en el siglo XX: recordar lo peor pero seguir confiando en que lo mejor está por venir.

El poema sobre Italia me ha hecho reír porque dice que «no camina: desfila», cosa que cualquiera que haya estado en Roma puede confirmar. Los italianos tienen esa forma de moverse por la vida como si siempre estuvieran en una película de Fellini, incluso cuando van a comprar el pan. Y eso, que podría parecer una frivolidad, en realidad es una forma de resistencia: mantener la elegancia cuando todo se cae a pedazos.

Pero donde Muñoz-Martín demuestra su verdadero talento es en los países pequeños. Su Luxemburgo «habla en varias lenguas y en todas escucha», frase que podría aplicarse a cualquier niño de familia divorciada pero que aquí se convierte en una metáfora perfecta sobre la diplomacia europea. Y su Malta es «una isla como un templo de cal sobre el azul exacto», verso que me ha hecho añadir Malta a mi lista de lugares pendientes de visitar, justo después de «reorganizar el armario» y «aprender italiano de una vez por todas».

El libro culmina con un epílogo sobre los hipotéticos «Estados Unidos de Europa», tema que siempre me ha parecido tan probable como que mi madre aprenda a usar WhatsApp correctamente. Pero Muñoz-Martín lo plantea no como una utopía burocrática sino como «una sinfonía afinada donde cada nación sostuviera su nota sin desafinar al conjunto», imagen que me parece hermosa y que me recuerda a esos coros de iglesia donde siempre hay alguien que desafina pero el resultado final es emocionante.

Cerré el libro con esa sensación extraña que dan las cosas bien hechas: entre la satisfacción y la melancolía. Porque «El Hilo Azul» es de esos libros que te recuerdan por qué vale la pena leer poesía y por qué vale la pena creer en Europa, incluso cuando las dos cosas parecen empresas imposibles. Y luego le escribí un email a la gente de Editorial Poesía eres tú agradeciéndoles el envío, pero ya con la cabeza llena de versos sobre ciudades que no conozco pero que ahora tengo ganas de visitar.

Al final, puede que ese sea el verdadero triunfo del libro: conseguir que una se sienta europea no por obligación sino por placer, no por los tratados sino por los versos. Y eso, en estos tiempos raros, ya es mucho decir.

Crítica literaria de