Hay libros que la crítica no sabe dónde colocar y que, por eso mismo, corren el riesgo de pasar con menos ruido del que merecen. «El mosaico del duende», primer libro de Igor Wilk, tiene todos los ingredientes para acabar en esa casilla: un autor matemático, sin trayectoria poética previa, que mezcla personificación de objetos domésticos, datos meteorológicos, un poema en alemán, otro en inglés, y un poema hecho recortando un anuncio de electrodomésticos. Sobre el papel, suena a dispersión de debutante. Hay que decirlo con precisión: no lo es.
Wilk construye el libro en cuatro partes, «Magia del duende», «Sin presiones», «Latidos», «Tengo el duende», y lo hace, además, diciéndolo explícitamente desde el poema preliminar: «No soy fragmentos aislados. Soy un mosaico en movimiento.» Conviene no leer esa declaración como una simple defensa preventiva ante la heterogeneidad, sino como lo que es: una posición sobre qué tipo de coherencia le interesa a un libro de poemas. No la coherencia de tono, la más fácil de conseguir y la más aburrida de leer, sino la coherencia de mirada.
Esa mirada tiene un método reconocible: personificar sin sentimentalismo. Una uva que «se enamoró» de una pera (p. 14), un cocodrilo de peluche que hace guardia «detrás de la puerta principal» (p. 19), una grapadora de oficina jubilada por «la dependencia, de lo digital» (p. 22). No es ternura de calendario. Es un procedimiento sostenido, aplicado con el mismo rigor en el poema quince que en el primero, y ese rigor es lo que separa a Wilk de la simpatía fácil hacia lo pequeño que tanta poesía contemporánea confunde con hallazgo.
Lo más interesante del libro, sin embargo, no es la personificación, tiene tradición sobrada, sino el uso del dato verificable como material lírico, algo mucho menos frecuente y bastante más arriesgado. En «80 latidos por minuto», el poema abre con una serie de coordenadas que parecen sacadas de un informe: «0 puntos de estrés, 603 metros sobre el nivel del mar, viernes, el 8 de agosto de 2025» (p. 48). No es un adorno tecnológico. Es una posición: la de un poeta que desconfía de la metáfora fácil del amor y prefiere levantar un acta antes de confesar nada. Cuando por fin llega la confesión, «tus respiraciones atraviesan, mi cuello y la espalda» (p. 48), funciona precisamente porque el poema se ha ganado el derecho a decirla, con tanto dato de por medio.
Hay que insistir en una cosa: este no es un libro tímido en sus procedimientos. En «hacen juego con una vida», Wilk aplica la técnica del poema encontrado a un texto publicitario sobre electrodomésticos de gama alta, «tachado selectivo», dice el propio colofón, del artículo original (p. 67). El resultado, «venden corazón, artesanalmente, fundido esmaltado» (p. 67), no es un chiste conceptual: es una lectura política de lo doméstico, coherente con el resto del libro, que dignifica sistemáticamente lo mínimo salvo cuando ese mínimo resulta ser, precisamente, el lenguaje que lo vende todo.
Conviene aplicar aquí una idea que suele reservarse a la mejor narrativa histórica reciente: el interés no está solo en lo que se cuenta, sino en la posición desde la que se cuenta. Y la posición de Wilk, poeta migrante que ha vivido en media Europa antes de instalarse en Santiago de Chile, se filtra en el libro sin subrayado: dos poemas íntegros, uno en alemán y otro en inglés, sin traducción; una anciana en «Düsseldorf, en la acera» (p. 26); el Vístula polaco entrando de refilón en un poema de amor roto. No hay didactismo migrante aquí, y eso es de agradecer: el libro no explica su condición, la ejerce.
El cierre reordena todo lo anterior. «Huella sin firma», último poema del volumen, monta cuatro voces, arena, marea, madre, hijo, en torno a la enfermedad materna, y resuelve ahí, de golpe, la distancia que el libro había mantenido hasta entonces: «carente de esperanza, de estar a tu lado» (p. 73). Cuarenta y tantos poemas de arañas, uvas y grapadoras desembocan en esto, y el libro se juega en ese desembocar buena parte de su legitimidad. La apuesta sale bien: nada de lo anterior se lee igual después de este final.
«El mosaico del duende» no va a llenar suplementos culturales, y probablemente tampoco lo pretende. Pero es de esos libros que, cuando alguien los lee con atención, generan una defensa entusiasta y algo desproporcionada, como la que estoy haciendo yo aquí. Es el tipo de primer libro al que merece la pena dedicarle una discusión larga, y más de una, antes de que la crítica decida en qué casilla meterlo.
— Ana María Olivares
