La poesía española ha producido en las últimas décadas una notable cantidad de poemarios centrados en la memoria personal y en el examen del tiempo vivido. No todos ellos han sabido escapar de la trampa del confesionalismo bienintencionado pero literariamente laxo: el recuento sentimental de lo que fue, la nostalgia sin tensión formal. El brillo de los cristales rotos, primer libro de José Castellà Blanch publicado por Editorial Poesía eres tú, se distingue precisamente porque no cae en esa trampa.
Castellà Blanch llega a la poesía a los setenta y dos años, después de una vida dedicada a la consultoría en Alicante, donde se estableció en 1966 tras nacer en Tortosa en 1947. Esa llegada tardía, lejos de constituir un defecto o una excentricidad biográfica, parece haber funcionado como un filtro: lo que llega al papel ha pasado por décadas de sedimentación. La voz que encontramos en el libro es una voz formada, sin los excesos retóricos habituales en la poesía de debut.
El título enuncia la poética del libro con precisión. El brillo corresponde a lo fragmentado, no a lo íntegro. La memoria no conserva el pasado sino que lo transforma en añicos que, paradójicamente, reflejan más luz que el objeto antes de romperse. Esta inversión del paradigma elegíaco convencional es el eje que sostiene los cuarenta poemas del volumen, organizados en cuatro bloques de título descriptivo: Tiempo y memoria, El cuerpo y el deseo, La calle y las voces, Orto y ocaso.
Conviene detenerse en la construcción formal. Castellà Blanch trabaja con el verso libre sin los excesos que el verso libre suele traer consigo: las líneas tienen peso y medida, el encabalgamiento aparece donde sirve y no donde puede. La dicción es contenida —los adjetivos escasean, los sustantivos hacen el trabajo—, y hay en los mejores poemas una voluntad de precisión léxica que conecta, en sus momentos más logrados, con la tradición de la poesía de la experiencia española: Brines, el tono reflexivo que mira lo cotidiano con distancia y con cuidado.
No es un libro sin costuras. Algunos poemas de la sección tercera se resuelven con demasiada prisa, y alguna imagen llega antes de estar del todo elaborada. Pero los más logrados —el que abre el libro, el de la muchacha de papel couché, el poema del título— sostienen con firmeza una propuesta literaria coherente y honestamente ejecutada.
Es un libro que queda. Y que merece una lectura más atenta de la que suele dispensarse a los debutantes tardíos.
— Antonio Graña Ojeda
