La gramática del tú
La poesía de vocación aforística ha tenido en la lengua española una tradición más fértil de lo que suele admitirse, y comparte con el aforismo propiamente dicho un riesgo conocido: que la sentencia, a fuerza de cerrarse sobre sí misma, termine por sustituir al poema. El arte de decirnos existí, el libro que Cristian Avecillas Sigüenza publica en Ediciones Rilke, se instala de lleno en ese territorio y lo hace con una ambición poco frecuente, la de convertir una sucesión de máximas, preguntas y letanías en un único recorrido, en lo que la contracubierta del volumen describe como un poema-libro.
Conviene, antes de entrar en el análisis, situar al autor. La nota biográfica lo presenta como poeta, cantautor, dramaturgo, gestor y periodista cultural, con una obra que incluye títulos como Todos los cadáveres soy yo o País es lo que escriben los poetas, este último publicado en Argentina en 2022. La mención no es ociosa: la idea de que la patria se funda en la lengua, implícita en aquel título, reaparece aquí con formulación casi programática en «Para adorar», donde se establece una genealogía invertida que culmina en dos versos de notable precisión: «la persona es hija del país, y no al revés, / y el país es hijo de la lengua.»
El libro se articula en ocho partes, cada una precedida por dos epígrafes que emparejan de manera sistemática una voz cercana, de nombre poco conocido, con una autoridad de la tradición: Mar Marco junto a Anne Sexton, Maribel Prieto junto a Wislawa Szymborska, Elena Bagazgoitia González junto a Kobayashi Issa. El procedimiento, que podría parecer un gesto menor de cortesía, tiene una función estructural: anuncia desde el umbral que el libro entiende la poesía como conversación entre iguales, sin jerarquías, y esa convicción se convierte en el eje del volumen. La última parte, «Supervivencia poética: materia y gratitud», lleva el procedimiento a su extremo y prescinde del poema propio para ofrecer trece parejas de citas, una suerte de coro final en el que el poeta se retira.
La primera parte, «Sálvate», es probablemente la más trabajada desde el punto de vista formal. Sus trece piezas llevan por título un infinitivo precedido de la preposición final —«Para encontrar», «Para pensar», «Para resistir», «Para sobrevivir»— y todas se resuelven en dos tiempos: un desarrollo de cierto aliento, construido a menudo sobre la anáfora («Qué, sino reinterpretarse es la escritura»), y una coda breve que adopta invariablemente la estructura adversativa del no es que, es que. Merece la pena subrayar que esa coda no funciona como resumen, sino como desplazamiento: corrige al poema, lo matiza o lo lleva a un lugar inesperado. Así ocurre en «Para pensar», donde tras una meditación sobre la escritura como voluntad exploradora el cierre devuelve la inspiración a la materia: «la realidad hace las cosas y las musas, las abastan.»
La segunda parte, «Espíritu y animal», sustituye esa arquitectura bimembre por la letanía. Varias piezas se abren con un sustantivo seguido del término alarido —«Anécdota alarido», «Semántica alarido», «Estética alarido»— y el imperativo sálvate circula como un estribillo que atraviesa la niebla, la luna, la tierra y la boca. El registro se vuelve más vehemente, y no siempre con ventaja: la acumulación de abstracciones, con la doxa y la episteme convocadas en el mismo poema, roza en algún momento la retórica del manifiesto. Sin embargo, cuando el texto encuentra la imagen precisa, la tensión se resuelve con eficacia: «El arte no es nombre, / es nube de nombres».
La tercera parte, «Decir persona», introduce el poema en prosa, y es acaso donde el libro alcanza mayor densidad. Varias piezas se cierran con un dístico de estructura paralela que recuerda al aforismo moral —«Echamos a perder la tempestad cuando la hacemos explicable»—, y en ellas el pensamiento poético de Avecillas se formula con más claridad que en ningún otro lugar. Destaca «Decir y ocasionar», que contiene una de las ideas centrales del volumen, la disolución del autor en el lector: «Cuando un verso dice “no morí” alguien más podrá decirse “no morí”; porque un poema es el lector siendo el poema.» No es una idea nueva, y tiene ecos evidentes de la estética de la recepción, pero aquí está dicha con economía y sin aparato teórico.
Las partes cuarta a séptima desarrollan el mismo núcleo desde ángulos distintos. «Vida de artista» se organiza en piezas de título abstracto —«El talento», «La vocación», «La soledad», «La salvación»— que interrogan el oficio y, de manera reiterada, su relación con la inteligencia artificial, asunto al que el autor había dedicado un libro anterior según su nota biográfica. «Subjetividad objetivada: claridad y tormenta» adopta la minúscula inicial en sus poemas y un tono más íntimo, y «Dejarse decir» culmina el recorrido en la apelación al otro. Es ahí donde se revela la verdadera gramática del libro, que no es la del yo lírico sino la del tú: «porque los poemas sobreviven donde dicen tú, / porque las personas sobreviven cuando dicen tú.»
No obstante, el libro tiene costuras visibles. La insistencia en un número reducido de fórmulas sintácticas, eficaz en su primera aparición, produce a lo largo de más de cien páginas un efecto de reiteración que diluye la fuerza de los hallazgos; y la tendencia a la sentencia de alcance universal —«solo lo que se hace con poesía / se hace realidad»— deja poco espacio a la duda, que es también materia del poema. La parte final plantea, por su parte, una cuestión de equilibrio: el homenaje coral es coherente con la poética del libro, pero su peso en el conjunto resulta desproporcionado respecto de la voz propia que lo precede, y el lector termina el volumen escuchando a otros.
Con todo, El arte de decirnos existí es un libro coherente en su planteamiento y valioso en sus mejores momentos, que no son pocos. Su apuesta por una poesía que piensa sin renunciar a la emoción, y que entiende la escritura como un acto de existencia compartida, lo sitúa en una línea de reflexión sobre el sentido del poema que la lírica contemporánea en español no siempre se atreve a plantear de frente. Avecillas lo hace, y deja en el lector una pregunta que el propio libro formula sin pretender cerrarla: para qué la poesía, si no para que otro pueda decir, con nosotros, existí.
— Antonio Graña Ojeda
