El oficio del oído

Permítanme empezar por una desconfianza, que es como empiezo casi todo. Cuando un poeta coloca la palabra silencio en la primera página, yo me llevo la mano a la cartera, igual que en las estaciones de tren de antes, porque el silencio es la coartada preferida de quien no tiene nada que decir y quiere que lo parezca. Media poesía de ocasión vive de eso: de callar con solemnidad y cobrar como si hubiera hablado. Así que abrí De entre sonidos, de David García Lamela, con la guardia alta y el oído a medio gas. Me equivoqué a medias, que es la manera más útil de equivocarse, y les cuento por qué.

Lo primero que conviene saber es que García Lamela —gaditano de 1972, vecino de San Fernando, educador social que trabaja con personas mayores y con menores, o sea, un hombre que se gana la vida atendiendo a quien casi nadie atiende— no ha escrito un libro sobre el silencio, sino sobre el oído. No es lo mismo, señoras y señores. El silencio puede ser una pose; el oído es un oficio, y como todo oficio se aprende a fuerza de horas. Ese oficio asoma desde la primera página, cuando el poeta se pregunta si la música no será «ese eco / donde se expande / sin necesidad de palabras» (p. 15). Pregunta, no sentencia. Buena señal. Los que sentencian en el primer poema suelen haberse quedado sin munición en el tercero.

El libro está armado como se arma un barco, con la quilla y las cuadernas a la vista. Tres partes —de la persona, de la sociedad, de la naturaleza—, cada una partida en tres secciones con sus epígrafes, y cincuenta y seis poemas en total. Habrá quien vea en tanta carpintería un exceso de celo. Yo veo honradez: el autor enseña el plano antes de invitar a bordo y luego lo cumple, que es más de lo que hacen muchos con más nombre y menos escrúpulos. En la primera parte la memoria se ordena, y esto fue lo que me hizo bajar la guardia, por lo que se oyó y no por lo que se vio. La fotografía de familia, por ejemplo, se describe a partir de los sentidos averiados de quienes salen en ella: «El de la derecha era zurdo y algo sordo del oído izquierdo» (p. 25), dice el primer verso, y el poema sigue con un invitado trajeado del que el hablante confiesa: «nunca supe su nombre ni su voz» (p. 25). Fíjense en el detalle. No dice que no recuerda su cara. Dice que no recuerda su voz.

Ahí está el método, y es un método que yo llamaría de cronista, si me permiten la deformación. No se fía de la imagen; se fía de lo que suena. En “Estoy y es suficiente” (p. 17) la anáfora del «Ya no» va quitándole al hablante capa tras capa de lo heredado, las culpas aprendidas y los ritos que le pusieron encima sin preguntar —«Ya no miraré extasiado tus llagas sangrantes en la frente» (p. 17)—, hasta dejarlo en pie, sin más patrimonio que el instante. Y en “Domingos atardecidos de rojos” (p. 20) hay unos versos que cualquiera que haya vivido lo bastante reconocerá como propios: «Pero los lunes no marcan una nueva semana; / la marcan, acaso, / los tristes domingos atardecidos de rojos» (p. 20). Eso no es silencio de escaparate. Eso es oído, y del bueno.

Donde el libro se juega el tipo es en la segunda parte, y conviene decirlo sin rodeos. “Oda por los niños muertos” (pp. 45-47) mira de frente a los críos que el Mediterráneo se traga, y lo hace con un estribillo que golpea como la campana de un barco en plena guardia: «¿Lo oyes tú? ¿No? Yo sí» (p. 45). El riesgo de este tipo de poema lo conoce cualquiera que haya leído poesía civil, de la buena y de la otra: el púlpito. García Lamela no se libra del todo —hay versos de mitin, como esas cuentas bancarias que «se orinan de billetes sucios» (p. 46), que el poema no necesitaba, porque la indignación ya estaba dicha y mejor dicha unos versos antes—, pero acierta en lo que importa cuando llama por su nombre de pila a los poetas que antes que él miraron la muerte injusta: «¿Los visteis, Federico? ¿Los visteis, Miguel?» (p. 46). Esa pregunta, hecha a quien ya no puede contestar, vale más que cualquier atestado. Les diré una cosa: hacía tiempo que no leía un poema sobre ese mar que no me diera vergüenza ajena. Este no me la dio.

En la misma parte hay un poema que demuestra que el autor también sabe reírse con los dientes apretados. “Algo debemos hacer, digo yo” (pp. 48-49) es una lista de remedios absurdos para un mundo que no tiene remedio, y entre ellos figura el de «Entrar en la oficina un lunes / vestido de luto para dar / el pésame al teléfono afónico» (p. 48). Lo leí dos veces. La primera me hizo gracia; la segunda, ninguna. Esa es la ironía que me interesa, la que cambia de color según la luz con que se la mire, y no la del chiste suelto que se celebra y se olvida.

La tercera parte cambia de rumbo y busca aguas más quietas: árboles, pájaros, nubes, campos arados. Aquí el libro se vuelve contemplativo y, a ratos, filosófico sin pedantería, que es lo difícil. En “Ecos del silencio” (p. 79) los ruidos se atropellan por llegar antes que el otro y el poeta los mira con la paciencia de un guardia viejo: «Al silencio le importa poco o nada / toda esa algarabía y atropello» (p. 79). Y en “Sembradores de sombras” (p. 97) hay una estampa de campo que parece pintada con tierra: «algún hombre, recortando formas, / va agachado, sembrando su propia sombra» (p. 97). Con eso basta. No hace falta explicar la condición humana cuando se tiene un hombre agachado sobre un surco.

Ahora el reparo, que lo hay y no voy a escamoteárselo, porque una reseña sin reparos es publicidad con otro nombre. El libro repite demasiado sus palabras de cabecera. Silencio, alma, voz, vacío, eco: vuelven tantas veces que pierden filo, como un sable usado para cortar pan. Hay poemas que terminan explicando lo que la imagen ya había dicho, y otros, de los más breves, que se quedan en apunte de libreta. El aparato de epígrafes, además, es generoso hasta el exceso; tanto nombre ilustre en la puerta de cada sección obliga a los poemas a estar a la altura de la compañía, y no siempre lo están. Pero cuando García Lamela confía en una sola imagen y la deja trabajar, el verso aguanta el temporal. “Notas perdidas” (p. 95) son cuatro versos y un pájaro negro empapado a la orilla de un charco: «Dicen que perdió sus notas en el agua estancada» (p. 95). Ni una palabra de más. Así se escribe.

De modo que mi desconfianza inicial queda en tablas, que tampoco está mal para un poemario. Lean este libro despacio y, si pueden, en voz alta, que para eso está escrito. Desconfíen, como yo, del silencio que se vende al peso en tantas mesas de novedades. Y fíense de este otro, el que llega después de haber escuchado mucho y bien. Eso, y no otra cosa, es lo que separa a un poeta de un fabricante de versos.

— Javier Pérez-Ayala