Un duelo que se atreve a discutir con Dios
Hay un tipo de libro que la crítica no sabe muy bien dónde colocar y por eso tiende a despacharlo con una etiqueta cómoda: poesía del duelo, poesía religiosa, poesía emocional. *Coplas de rojo y negro*, de José Julio Brossa, es de esos. Y conviene decirlo desde el principio: ninguna de esas etiquetas le hace justicia, porque el libro es a la vez más incómodo y más interesante de lo que cualquiera de ellas sugiere.
Empecemos por lo evidente. Es un poemario sobre la muerte de un ser querido, organizado en siete secciones que siguen las etapas del duelo. Hasta aquí, nada que no se haya hecho. Lo que cambia las cosas es la materia con que está construido: no la del lamento culto al uso, sino la de la copla, el cante jondo y un sustrato gitano que aflora en el léxico —«quejío», «Undevel», «romaní»— y que sitúa al libro en un cruce poco transitado entre la alta tradición elegíaca y la cultura popular del sur. Brossa no escribe sobre el flamenco: escribe desde él. Esa decisión no es decorativa. Es una toma de posición sobre quién tiene derecho a poner voz al dolor, y la respuesta que da el libro es clara: la tiene el pueblo que lleva siglos cantándolo.
Hay que insistir en una cosa, porque es donde el libro se juega de verdad su originalidad: la relación con Dios. La poesía religiosa española contemporánea, cuando existe, suele moverse entre dos registros igual de previsibles: la devoción mansa o el ateísmo melancólico. Brossa no hace ni lo uno ni lo otro. Cree, y desde la fe se permite lo más difícil: enfadarse. «Padre, ¿Por qué? ¿Por qué me has abandonado?», escribe, y el reproche no es una pose, sino el centro emocional del libro. No basta con decir que es valiente. Lo decisivo es que esa ira contra Dios no lo expulsa de la fe: la profundiza. Estamos ante un creyente que discute con su Dios de igual a igual, como Job, como los salmistas, y que en esa discusión encuentra una intimidad que la sumisión nunca daría.
El gesto teológico más audaz, sin embargo, llega después: la idea de un Dios que también pierde. «Y Dios aprendió a perder, en rojo y negro», leemos, y el verso reescribe el dogma cristiano de la Pasión como una experiencia de duelo compartido entre el Padre y el Hijo. Conviene medir el alcance de esto: Brossa no propone un Dios consolador que mira el dolor humano desde fuera, sino un Dios doliente que lo conoce desde dentro. Es una teología del consuelo basada no en el poder, sino en la solidaridad. Y es, leída en 2026, una propuesta más radical de lo que parece, porque va a contracorriente de toda una cultura que prefiere un dios terapéutico, eficaz y silencioso sobre el dolor.
Formalmente, el libro apuesta por la brevedad extrema. Poemas de un verso, de dos, de tres. «Sangré lágrimas y me sequé»: ahí está todo. Esta economía es coherente con la tesis del libro, porque el duelo agudo no se explaya, se atraganta. Brossa lo sabe y construye sus poemas como puntos —el «punto rojo sobre un fondo negro» con que él mismo, que es pintor, define su modo de pintar las penas—. Funciona casi siempre. No siempre: hay textos que, descontextualizados, se quedarían en el apunte, y el lector que busque desarrollo discursivo deberá ajustar sus expectativas. Pero la apuesta es consciente, y la asume hasta el final, lo cual ya es una forma de integridad.
Merece la pena señalar lo que el libro hace con lo cotidiano, porque es ahí donde mejor se ve su inteligencia. La ausencia no se dice con grandes palabras: se dice con un café que ya nadie beberá, un ColaCao dejado sobre la mesilla, el hueco del colchón. Brossa entiende algo que la poesía solemne suele olvidar: que el duelo no vive en el cementerio, sino en la cocina, a media tarde, cuando se ponen dos tazas por costumbre. Esa cultura material de la pérdida es uno de los grandes aciertos del libro, y lo conecta, sin proponérselo, con toda una corriente contemporánea que ha devuelto a la poesía el derecho a hablar de lo doméstico sin pedir disculpas.
Hay que decir algo sobre la recepción, porque es donde este libro corre más peligro. Un poemario breve, de una editorial pequeña, sin aparato promocional, escrito por un autor que no pertenece al circuito, tiene todas las papeletas para no ser leído por la crítica seria y para ser leído, en cambio, solo en clave devocional por quienes comparten la fe del autor. Sería un doble error. Reducirlo a poesía religiosa lo amputa, porque el libro interesa también, y mucho, a quien no cree: su pregunta por los límites del lenguaje ante la muerte, su cultura material del duelo, su apropiación del flamenco como código expresivo son cuestiones literarias, no confesionales. Y despacharlo como libro de consuelo lo infantiliza, porque consolar, aquí, no es adormecer: es acompañar sin mentir. Conviene leerlo, por tanto, con la misma exigencia con que leeríamos a cualquier otro, ni más indulgente por su tema ni más displicente por su formato.
Hay un poema que condensa la apuesta entera y que merece citarse: «Manos». Son siete movimientos numerados de un mismo gesto, que van desde llevarse las manos a la cabeza hasta «abrí mis manos delante de mí, dejando caer los puñales aferrados, abrazando la ternura del Padre». Es el libro en una página: las siete etapas del duelo reproducidas en miniatura, el tránsito de la crispación a la entrega contado a través de lo que hacen unas manos. Que un autor sin oficio crítico construya una estructura tan precisa, sin subrayarla, dice bastante sobre su instinto formal. No es casualidad: es un libro más pensado de lo que su aparente sencillez declara.
¿Es un libro perfecto? No, y sería sospechoso que lo fuera tratándose de un debut escrito, según cuenta el autor, en día y medio. Pero es un libro honesto, formalmente arriesgado y conceptualmente más denso de lo que su brevedad aparenta. La crítica que lo lea con prisa lo archivará como un volumen de consuelo, y se equivocará: es también, y sobre todo, una reflexión sobre el dolor, la fe y los límites del lenguaje para nombrar lo que duele.
Este es el tipo de libro al que merece la pena dedicarle una conversación larga, y más de una. Que sea breve no significa que sea menor. Significa, apenas, que ha entendido que ante la muerte sobran las palabras, y que ha tenido el valor de quedarse solo con las imprescindibles.
— Ana María Olivares
