Cien nombres de mujer y un remero torpe

Hubo un verano, hace ya muchos años, en que pasé más tardes de las razonables en el taller de un carpintero de ribera, en un pueblo de costa cuyo nombre me guardo. Era un hombre seco, de manos como raíces, que seguía levantando cascos de madera cuando ya nadie los quería. Un día le pregunté por qué se empeñaba en hacer las cuadernas una a una, a la vieja usanza, si el plástico salía más barato y más rápido. Me miró como se mira a un turista. Un barco no se hace para que lo miren, me dijo; se hace para que no se hunda. Lo bonito viene después, y solo viene si lo primero está bien hecho. Luego siguió cepillando.

Me he acordado de aquel hombre —y de su desdén, que era una forma de la honradez— leyendo Cien poemas de amor, de José Carlos Turrado de la Fuente. Vallisoletano de 1980, profesor de Lengua Castellana y Literatura en un instituto de Laguna de Duero, con más de cuarenta libros a la espalda y premios que no salen en los telediarios pero que pesan, Turrado lleva años haciendo lo que hacía mi carpintero: trabajar la pieza a mano, con herramientas que el mercado da por jubiladas. Aquí son cien poemas y cien nombres de mujer. Diosas, musas y ninfas grecolatinas; mujeres de la Biblia, de Débora a Judit; deidades egipcias, celtas y nórdicas; hadas del ciclo artúrico. Endecasílabos, heptasílabos, octosílabos y dodecasílabos de tres miembros. Liras, serventesios, cuartetas, octavas reales. Rima consonante de la primera página a la última. Un solo soneto, el de Sirona, y con estrambote, que ya es rizar el rizo. Fíjense ustedes. En 2026.

No es capricho de anticuario. El libro se abre con unas líneas de Ortega sobre ese «monótono treno sobre la cultura fracasada y concluida» que entonan los filisteos de todas las lenguas, y la sinopsis remata la idea con una pregunta que tiene más mala uva de lo que parece: cuándo olvidaron los poetas cuál era su principal función social. La respuesta implícita es vieja como el mundo y por eso mismo incómoda. Embellecer. Embellecer al otro, nombrarlo bien, alzarlo con la palabra. Si en su libro anterior, Restauración de la belleza, Turrado escribía el manifiesto, aquí hace la faena. Uno puede discrepar del diagnóstico, pero no reprocharle que no predique con el ejemplo. Cien veces seguidas.

Lo primero que llama la atención es quién habla. No es un vate con la lira en alto, sino un pobre diablo que se declara incapaz. «Soy muy torpe con la pluma, me equivoco», confiesa ante Faetusa. «Con el cálamo soy torpe y con la tinta», insiste ante Morgana. Ante Rosmerta se rebaja todavía más —«no soy un genio, sólo corrección»— y ante Erató se presenta como «un aborigen necio del arroyo». Es la vieja captatio benevolentiae de los trovadores, claro. Pero tiene gracia, y no poca, que quien rima con esa soltura se pase el libro jurando que no sabe rimar. A veces la ironía asoma sin disimulo, y entonces el libro gana. En Faetusa el poeta va probando epítetos y descartándolos uno a uno, «mi serrana, por rural, me suena chusco», hasta concluir que «no me aprieta todavía el alzacuellos». En Circe, convertido en cerdo, se pregunta con toda la razón del mundo «¿por qué, por qué engañarme, a mí, un idiota?». Ese humor seco, de hombre que se conoce, es lo mejor que tiene esta voz.

Hay en el libro, además, una navegación que lo recorre de proa a popa. Empieza con Heket, la diosa rana del Nilo, y con el poeta «zarpando hacia tu nombre mi navío». Sigue con islas, ríos, lagunas y nereidas. Y los mejores poemas, les digo una cosa, son aquellos en que el barco no llega a puerto. Anfítrite arranca «en el naufragio de mis soledades» y termina con un verso que podría firmar cualquier hombre que haya pasado una mala noche en el mar: «pero, bien sabe Dios, no me he rendido». En Metis el amante ni siquiera suelta amarras y se queda en el muelle, «vacante capitán», que es una de las imágenes más exactas del miedo que he leído en mucho tiempo. Ahí, en la derrota asumida, Turrado se quita la armadura y se le ve la cara.

Tampoco las mujeres de este libro son estampas de calendario. Débora llega a caballo al monte Tabor y el poema acaba con una orden a la tropa —«soldados, rostro arriba, contemplad»— que tiene algo de cuadro de batallas. A Rebeca el poeta la mira atizando el brasero, «Te observo utilizando la badila», y descubre que su belleza crece con lo cotidiano, sin sortijas ni pendientes. Isabel y su prima comparten gachas de cebada con almorta en una cocina humilde. Otras veces la voz cambia de dueño y el libro se oscurece: Herodías, borracha de su propia intriga, pide «olvido, ven y acuéstate en mi mente»; Idía suplica a su hija Medea que no se embarque. Y de cuando en cuando el mundo de fuera entra por la ventana sin pedir permiso. En Hestia el amante cierra la persiana a la amada porque fuera hay incendio, «que está ardiendo Roma, amor, y las hogueras». En Anuket la diosa del río yace «inhumada bajo un manto de cemento». Ahí el libro deja de ser un catálogo mitológico y se vuelve lo que pretende: una protesta contra la fealdad hecha con las armas de la belleza.

Ahora el reparo, porque lo hay y sería una deslealtad callarlo. Turrado carga la bodega con un lastre léxico que a veces estabiliza y a veces hunde. Orballo, pigre, bernegal, chápiro, esparaván, sisella, redromano: palabras de diccionario grande que en un verso suenan a hallazgo y en el siguiente, cuando se amontonan, suenan a rima buscada con candil. El hipérbaton, que en sus mejores momentos tiene el aire de Garcilaso, en otros obliga a leer dos veces para saber quién hace qué a quién. Y está la monotonía, que es el precio de la forma elegida: cien veces el mismo amante de rodillas, cien veces la misma humildad declarada. Hacia la mitad el lector echa de menos un viento distinto. Hay incluso un descuido simpático: en Alseides el poeta anuncia que su mente «surte silvas y sonetos», y luego en todo el volumen no hay una sola silva y el soneto se cuenta con un dedo. Quiero pensar que es un guiño. Si no lo es, se lo perdono igual.

Porque cuando la máquina funciona, funciona de verdad. Los heptasílabos de Tique, que alternan los días de la semana como quien deshoja una margarita con mala suerte —«el lunes tú me besas,» dice uno, y otro: «el viernes me coronas»—, suenan a copla de ciego. Y el estrambote de Sirona, donde el amante viejo y cansado le dice a la diosa de las aguas termales que no viene a curarse, sino «sólo a encontrar la forma de morir», es de esos finales que se quedan dando vueltas en la cabeza. No sorprende que a este hombre le premiaran Exequias castellanas como mejor libro en lengua española la Asociación de Editores de Poesía, ni que se llevara en 2024 el Álvaro de Tarfe por Danzas. Oficio no le falta.

Mi carpintero de ribera habría entendido este libro mejor que muchos críticos. Habría torcido el gesto ante alguna palabra mal encajada y habría dicho, al final, que el barco flota. Y que, como flota, también es bonito. Léanlo así, despacio, de diez en diez, que no es libro para tragárselo de una sentada. Y no se fíen de quien les diga que la rima es cosa de abuelos o que la belleza es un asunto resuelto. Turrado lo resume mejor que yo en Erató, cuando el amante pobre se encoge de hombros ante los poetas de salón y pregunta: «¿qué más da saber decir azul o zarco». Eso, y no otra cosa, es lo que separa a quien escribe de quien fabrica libros.

— Javier Pérez-Ayala