Un tren, un fondillo y la hora exacta de la vida
Hay una costumbre que conservo desde mis tiempos de reportero y es la de entrar en un libro de poesía como quien entra en un andén desconocido: con la libreta en la mano y el oído atento al primer chirrido de ejes. Lo hice con «El tiempo huele a papel», de Joseba Sasia Muñoz, y no me arrepiento. Les digo una cosa: cuando un poeta vizcaíno se atreve a titular su libro con un verso —no con una idea, con un verso— es que trae la munición justa para defenderlo página a página. Y eso es lo que hace Sasia en este poemario publicado por Editorial Poesía eres tú en 2026.
El libro arranca con un prólogo en verso donde ya se anuncia el tono, que no es otro que el del viajero: «Todo empezó en los brazos de unos padres, que, con su acogida risueña y cálida, sin quererlo, ya me mostraban las puertas de la empatía». Fíjense ustedes: el poemario se abre en una estación, y no es un capricho. A partir de ahí, cada composición es un vagón. Hay composiciones del amor, de la paternidad, del paisaje vasco, del tiempo que se gasta. Pero no teman la dispersión: lo que el autor construye es, leído con calma, una sola estación, un viaje de vuelta al propio fondillo, en el sentido literal que él le da —«El billete, en el fondillo, nos indica el origen, pero jamás el destino»— y también en el sentido metafórico que cualquier lector entiende.
Les pondré un ejemplo que me parece definitivo, y que además está en la página que más me detuvo. Sasia escribe: «Sencillamente, la vida… / se mira conmigo al espejo, / mientras flaquean los gestos, / entre arrugas y requiebros, / aceptando sin palabras, / que, ella y yo, / somos más viejos». Lean otra vez ese «somos más viejos» y díganme si no es de las cosas más honestas que se han escrito últimamente sobre los sesenta. La economía verbal, la decisión de no explicar, de dejar que el silencio entre el sujeto y el verbo cargue con todo el peso, es exactamente la marca de un poeta que sabe que la edad no se dice: se vive, se escribe, se acepta. Y eso, permítanme ser directo, es lo que distingue la literatura de la fabricación de libros.
Hay, claro, momentos en los que el libro se desmadra un poco —hay algún poema en el que la reiteración gana al corte— pero son excepciones en un conjunto donde la forma corta trabaja a favor del pensamiento. El poemario se cierra con «Parece que fue ayer», la tercera y última de sus partes, dedicada al amor y a sus sombras, y el viaje en tren que abría el prólogo no vuelve al final como una parte más: queda ahí abajo, sosteniendo las tres, como el raíl que no se ve pero por el que corre todo el libro. Sasia es un hombre que ha salido de Barakaldo, que ha publicado libros antes, que ganó el Concurso de la Mar y sus Gentes y la Mención especial en el Concurso «Lorenzo Oliván» del Ayuntamiento de Castro Urdiales en 2025, y que en este libro entrega la medalla de sus años vividos en un puño de papel. Hay además un detalle de oficio que merece la pena: la decisión del autor de dejar el viaje latiendo desde el prólogo hasta el último verso, sin convertirlo en una parte más del libro, es de las que sólo se le ocurren a quien lleva años leyendo poesía. Sasia, que la ha leído, lo sabe. Quien se acerque a este libro por primera vez descubrirá que el viaje en tren no era un decorado, sino el hilo verdadero de todo el poemario. No se hagan los remolones. Lean a Sasia. Léanlo con calma, sin prisas, que es como se merece todo lo que costó trabajo hacer.
— Javier Pérez-Ayala
