La forma del testimonio
La poesía española de las últimas décadas ha frecuentado, con resultados muy desiguales, el territorio del testimonio: esa zona en la que la experiencia del daño reclama ser dicha y, al decirse, corre el riesgo de perder su condición literaria. Detrás de ti, primer poemario de Nadina Fernández Caurel, se sitúa en esa tradición con una conciencia de la forma poco común en un libro inicial.
Conviene detenerse en su arquitectura. El volumen se ordena en cuatro partes que trazan un itinerario desde la pregunta por la identidad hasta la reconstrucción por la palabra, pasando por el testimonio de la violencia y por la memoria entendida como herida y como raíz. No es una simple yuxtaposición de poemas: hay un designio, un arco que va de la fractura a la sutura, y que encuentra su clave en el desplazamiento semántico del título. Lo que durante casi todo el libro significa despedida —lo que se deja «detrás»— se invierte en la composición final para convertirse en desafío.
La voz se construye sobre el motivo del desdoblamiento, de raigambre tan antigua como la lírica misma, que aquí no funciona como herencia libresca sino como representación de la conciencia escindida de quien ha sobrevivido a la agresión. El espejo, recurrente, articula ese proceso: primero multiplica al sujeto, después se niega a devolverle su imagen. Merece la pena subrayar el modo en que la autora sostiene ese símbolo a lo largo del libro sin que se desgaste.
En lo formal, Fernández Caurel trabaja con la anáfora como principio organizador —no como mero énfasis— y con un verso libre atravesado de rimas internas que lo emparentan con la copla y con el sustrato flamenco que impregna su imaginario. La huella de Lorca, cuya obra estudió la autora en Granada, se percibe en la concepción del cante como cauce del dolor, y aflora en versos como «Se me olvidó bailar, cuando entraste en mi vida, los tacones y las palmas, los dejé atrás». La adjetivación es contenida; la imagen, precisa.
No faltan desequilibrios. En algunas composiciones extensas la acumulación de imágenes tiende a saturar el poema, y el libro habría ganado con una poda más severa. Son, sin embargo, tanteos propios de una voz que se está formando, y no empañan el logro del conjunto: una definición de la escritura como cicatriz —«La poesía mancha, te salpica, no te deja sin cicatrices»— que funciona como arte poética del volumen.
Interesa asimismo el tratamiento del tiempo y de la memoria. En la tercera parte del volumen, «Cuando el olvido se antoja recuerdo», la memoria no comparece como refugio consolador sino como enfermedad y raíz a un tiempo, y la autora la administra con una ambivalencia que la salva del sentimentalismo. Recuerda, en su planteamiento, a cierta poesía elegíaca de la tradición peninsular, aunque el tono resulte aquí más áspero y menos resignado. Conviene añadir que la dedicatoria a Gisèle Pélicot y la inscripción de la efeméride del 25 de noviembre incorporan lo colectivo sin que el poema pierda densidad simbólica: el testimonio individual se abre, por esa vía, a una historia común de la violencia contra las mujeres, y lo hace por sugerencia antes que por proclama.
Es, en definitiva, un primer libro que no se lee como tal. Deja la impresión de una voz que tiene algo que decir y ha encontrado la forma de decirlo sin renunciar ni a la verdad ni a la exigencia. Libros como este recuerdan por qué la poesía sigue haciendo falta cuando el dolor privado busca una lengua que lo ordene y lo comparta. Cabe esperar que la autora, en lo que venga después, depure lo que aquí todavía sobra y sostenga lo que aquí ya acierta; los mimbres para hacerlo están, sin duda, en estas páginas. No es poco decir de un libro primero, y sería injusto no subrayarlo.
— Antonio Isidro Graña Ojeda
