La crónica como forma de permanencia

La crónica costumbrista española tiene una historia larga y no siempre bien recordada. Desde los artículos de Larra hasta las piezas de Umbral, pasando por el periodismo de los viajeros ilustrados del XIX, este género ha servido para cartografiar usos, tipos y maneras de vivir que la Historia oficial tiende a ignorar porque no pertenecen a sus categorías habituales. No son batallas ni tratados ni reformas: son modos de habitar el tiempo, formas de ser en un lugar concreto. La crónica, cuando está bien hecha, convierte esos modos en literatura. Y la literatura, a diferencia del reportaje, dura.

Es en esta tradición donde hay que situar Sevilla en primavera. Crónicas desde mi salón, el libro con que Enrique Graciani Constante, autor sevillano de trayectoria singular, ofrece su mirada sobre dos de los grandes ritos de la ciudad que habita: la Semana Santa y la Feria de Abril. El título ya dice lo esencial: son crónicas escritas desde el salón, es decir, desde la distancia que impone la edad —Graciani Constante habla de sí mismo como «un hombre mayor, muy mayor»— y desde la televisión como ventana al espacio público que la movilidad ya no permite recorrer a pie.

Esta posición enunciativa, la del cronista inmóvil, determina la escritura de un modo productivo. No hay en el libro el movimiento del reportero que recorre calles y toma apuntes: hay la concentración del que ha visto muchas veces las mismas imágenes y ha aprendido a distinguir lo esencial de lo accesorio. Los textos sobre la Madrugá, en particular, demuestran esa capacidad de depuración. El tratamiento del azahar —en el suelo, en los árboles, en el aire— como cifra sensorial de toda la noche; el silencio de la cofradía El Silencio saliendo por su propia calle, con el juego de identidades que eso permite; el «rastreo» de los pies costaleros, elegida con precisión entre otras opciones posibles: son decisiones de escritura, no de reportaje.

Conviene detenerse en la forma del libro, que no es homogénea. Graciani Constante alterna prosa y verso libre con una soltura que a veces produce textos de considerable eficacia rítmica y otras revela las costuras de una escritura que no siempre ha contado con el trabajo de revisión que merece. El autor lo sabe y lo dice: habla de sus propios ripios sin eufemismo, lo que constituye una forma de honestidad que no es tan frecuente como debería. Esta autoconciencia del límite es, en sí misma, un rasgo de la tradición costumbrista más digna: la que no pretende ser lo que no es.

La segunda parte del libro, dedicada a la Feria de Abril, es más fragmentaria en su composición pero no menos interesante en su material. Los tipos que desfilan —la señora del traje de flamenca, el sevillano que va a su propia caseta a verse con sus iguales, el padre médico que cenaba pescaíto en la freiduría de Trajano— tienen la nitidez de los bocetos que sobreviven porque son exactos. Graciani Constante no satiriza: cartografía. Y la cartografía, cuando es fiel, no necesita tomar partido para decir algo.

La mezcla de géneros plantea una cuestión que el libro resuelve de modo pragmático: al no pertenecer del todo ni a la prosa ni al verso, puede moverse con libertad entre ambos territorios y tomar de cada uno lo que le conviene. El resultado es un híbrido que no convencerá a quien busque la pureza formal, pero que satisface una necesidad expresiva concreta: la de decir Sevilla con todos los recursos disponibles, sin restricciones de género.

Es, en definitiva, un libro que encontrará sus lectores entre quienes conocen Sevilla y quieran verla de otro modo, y entre quienes no la conocen y quieran aproximarse a ella sin las mediaciones del turismo ni las del folclore. Graciani Constante ha escrito un libro honesto sobre una ciudad que lo ha visto vivir, y eso tiene un valor que la crítica suele subestimar.

— Antonio Graña Ojeda