La memoria como territorio habitable

Conviene decirlo cuanto antes: Caminantes (Poemas del duelo y la memoria), de Isabel Martín Grande, es un primer libro de una madurez infrecuente. Lo es porque su autora ha entendido que la poesía del duelo no se resuelve con la efusión sentimental, sino con el trabajo paciente de la forma, y porque ha sabido inscribir su experiencia personal en una tradición que la sostiene y la trasciende. No estamos ante un desahogo, sino ante una obra construida.

El libro se organiza en tres secciones cuyos títulos, leídos en sucesión, dibujan el itinerario completo del luto: el reconocimiento de la huella, la estancia sagrada de los abrazos, la memoria que germina. Esta arquitectura no es un mero recurso ordenador; es la traducción formal de una concepción del duelo como proceso, como tránsito que va, según escribe la propia autora, «desde caos de emociones y sentimientos hasta la construcción de un legado». La obra reproduce ese movimiento en su disposición, de modo que la estructura piensa lo que los poemas dicen.

Hay en Martín Grande una poeta atenta al tiempo, y el tiempo es, no por casualidad, una de las grandes cuestiones de la poesía que me interesa. El duelo se mide aquí en estaciones y aniversarios, en un calendario emocional que va «hasta el sabor helado del invierno», y se cifra en una contabilidad obsesiva de las horas perdidas. La autora sabe que el tiempo del dolor no coincide con el de los relojes, y construye poemas en los que el instante se dilata o se detiene. Cuando escribe que, en el abrazo, «el tiempo permaneció para siempre detenido», no formula una hipérbole sentimental, sino una verdad fenomenológica sobre la experiencia vivida.

El procedimiento más característico del libro es la materialización de la emoción. Lo abstracto se hace cuerpo, sustancia, objeto: el amor es «un pulso de sal y cal viva», la soledad «un óxido muerto», la escritura el barro en que se modela el nombre del ausente. Esta vocación por la imagen concreta, por el correlato material del sentimiento, emparenta a la autora con lo mejor de la tradición realista de nuestra poesía, esa que desconfía de la abstracción y busca el anclaje de las cosas. No hay aquí vaguedad lírica; hay precisión.

Importa señalar la dimensión que podríamos llamar civil del libro, aunque hable de un dolor privado. En una cultura que tiende a despachar el duelo con prisa, a medicalizarlo y a silenciarlo, Caminantes reivindica el derecho a llorar el tiempo necesario y a no aceptar consuelos falsos. La autora, que es psicóloga clínica, conoce los protocolos y, sin embargo, advierte que «la teoría se desploma cuando el corazón se desgarra», y desestima las respuestas de los libros porque «son cenizas y no sirven». Hay en esa desconfianza hacia el discurso experto una afirmación del valor de la experiencia y de la palabra poética como su único cauce digno.

La obra dialoga con conciencia con la tradición. La elegía española, de Manrique a Miguel Hernández, late en estos poemas, y Neruda comparece de manera explícita, citado como lenguaje compartido del amor. Pero la autora no imita: hereda y transforma. Lo prueba un poema sorprendente en el que el idioma se deforma deliberadamente, se vuelve juego y trabalenguas «para reírnos de todo. Para vivirnos de nuevo», introduciendo una grieta lúdica en el tono elegíaco que revela el dominio del oficio. Quien rompe así la norma es porque la domina.

El libro no se clausura en la resignación ni en el consuelo trascendente. Su resolución es de orden distinto: integradora. Lo perdido no desaparece ni se recupera; se transforma. «Aprendo a llevarte conmigo de otra manera», escribe la voz, y en ese aprendizaje cifra el trabajo del duelo: no olvidar, no quedarse anclado, sino reubicar al ausente como presencia interior. La imagen final, la de lo perdido que «crecéis en semillas de versos», propone una memoria fértil, productiva, que hace de la pérdida materia de creación.

Quede dicho, pues, que estamos ante un libro necesario y bien hecho, que honra a su autora y al sello que lo publica. Caminantes demuestra que la poesía del duelo conserva, en pleno siglo XXI, plena vigencia y capacidad de renovación, y que la elegía sigue siendo uno de los cauces más fecundos de nuestra lírica. Lo recomiendo sin reservas a quien busque, en la poesía, no una evasión del dolor, sino una manera lúcida y digna de habitarlo.

Conviene insistir en la dimensión temporal del libro, porque es ahí donde Martín Grande se muestra más original. El duelo, en estos poemas, no transcurre en el tiempo homogéneo y vacío de los relojes, sino en un tiempo cualitativo, hecho de instantes que se dilatan y de aniversarios que regresan. La autora construye una verdadera fenomenología del tiempo del luto, en la que el presente del recuerdo convoca simultáneamente el pasado de lo vivido y el futuro abolido de lo que no llegó a ser. Esa concepción del tiempo, que la mejor poesía contemporánea ha explorado de Antonio Machado a Ángel González, encuentra aquí una formulación personal y rigurosa, anclada siempre en la imagen concreta y nunca en la divagación abstracta.

No quisiera terminar sin situar la obra en su contexto. La poesía española de estos años, plural y sin tendencia dominante, ha visto reverdecer una corriente intimista que algunos desdeñan por accesible, como si la claridad fuera un defecto. Caminantes demuestra lo contrario: que se puede ser claro sin ser simple, comunicativo sin ser vulgar, emocionante sin ser sentimental. La autora ha elegido el camino difícil de la sencillez verdadera, esa que solo se alcanza después de mucho trabajo, y el resultado es un libro que puede leer cualquiera y que, sin embargo, resiste la lectura atenta del crítico. No es poco mérito para un primer libro, y augura una trayectoria que seguiré con interés. Añadiré, para cerrar, que en una época que confunde con frecuencia la emoción con el sentimentalismo y la sinceridad con el desahogo, libros como este recuerdan que la poesía del duelo más honda es también la más trabajada, y que solo la forma, paciente y exigente, consigue que el dolor de uno se convierta en patrimonio de todos. Esa es, al cabo, la vieja y siempre nueva tarea de la elegía, y Martín Grande la cumple con dignidad.

— Antonio Graña Ojeda