Escribir desde la lectura, leer desde el presente
Conviene decirlo desde el principio: Ojos de Danubio Azul (Ohmenageries), de Carlos Rodrigo, es un libro que la crítica perezosa va a despachar mal, porque exige leer en dos direcciones a la vez. Hacia atrás, hacia los poetas de los que parte. Y hacia delante, hacia las preguntas muy de ahora que plantea casi sin querer. Quien se quede solo en lo primero lo entenderá como un homenaje culto. Y es bastante más incómodo que eso.
El libro, publicado por Ediciones Rilke, funciona con un dispositivo claro: cada poema nace de la lectura de otro poeta —Sharon Olds, Panero, Borges, Heaney, Holan, Benedetti— y se presenta junto a su fragmento de origen, una nota biográfica y un comentario del autor. Rodrigo lo llama «ohmenagerie» y lleva haciéndolo desde 2020, cuando publicó La casa de las fieras. No es, insisto, un ejercicio de versión. Es una poética: la afirmación de que ya no se escribe desde la página en blanco sino desde la biblioteca, desde lo leído, desde la conciencia de llegar tarde a todo. Esa es una posición, y muy contemporánea.
Donde el libro se vuelve más interesante es donde se atreve a tomar partido. El mejor ejemplo es «Experta en babosos», escrito a partir de un poema de Sharon Olds sobre las babosas. Rodrigo gira el sentido: de las babosas pasa a los babosos, los hombres que miran a las mujeres con turbio deseo en el bar, en la calle, en el trabajo. «Asoman los babosos sus cuernos / a la rapiña de tus besos, / a la captura de tu sexo», escribe. No es un poema feminista de pancarta —no le hace falta—, pero hay en él una lectura del cuerpo femenino expuesto a la mirada que conecta con conversaciones que llevamos años teniendo. Que esa lectura nazca de Olds, una poeta que hizo de lo íntimo y lo sexual materia política, no es casualidad. Es inteligencia.
Hay que insistir en una cosa: el libro no es laudatorio consigo mismo ni con sus referentes. Rodrigo confiesa que muchos de sus poemas terminan sin parecerse a los que los inspiraron. Esa declaración, que podría leerse como modestia, es en realidad una toma de posición sobre la originalidad: no existe el poema virgen, existe el poema que sabe de dónde viene. En un panorama que todavía vende la ilusión de la voz pura y autosuficiente, reivindicar la deuda es casi un gesto político.
Y luego está lo que nadie va a poder ignorar, aunque algunos preferirían: las ilustraciones. El libro es un poemario gráfico con siete ilustradores, y declara abiertamente que algunas imágenes se generaron con inteligencia artificial —ChatGPT, Midjourney— a partir de los propios versos. Conviene no escandalizarse antes de pensar. Lo relevante no es que se haya usado la máquina, sino que el libro lo dice. En plena discusión sobre qué significa la autoría cuando una herramienta produce imagen a partir de un texto humano, Ojos de Danubio Azul se coloca, quiéralo o no, en el centro del debate. Y lo hace con una coherencia que merece reconocerse: un libro que trata de cómo la lectura de otros produce obra propia difícilmente podía escandalizarse de que un texto suyo produzca, a su vez, una imagen.
No todo convence con la misma fuerza. El aparato de notas, fragmentos y comentarios, que en los mejores poemas ilumina, en los más débiles delata: cuando el texto no llega a la altura de su prólogo, la costura se nota. Y la apuesta anafórica, que sostiene el extraordinario «Brindis» final, en otros poemas se estira más de lo que el material aguanta. Lo digo porque el libro es bueno, y a los libros buenos se les exige más.
Ese «Brindis» de cierre, construido sobre versos de Santiago Sastre, es la mejor prueba de lo que Rodrigo sabe hacer. Una letanía que arranca en lo trivial y desemboca en una enumeración de ausencias graduadas: «por los que ya no están, / por los que no estamos, / por los que nunca estuvimos». El poema se cierra sobre sí mismo, se incluye en su propio brindis, promete volver «a beber la última copa / y a escribir este poema». Es un final autorreferencial que no resulta gratuito: resume la tesis entera del libro, que la poesía es un brindis que se hereda y se devuelve.
Hay otra lectura que el libro habilita y que conviene no pasar por alto: la social. «La oficina hecha un poema», escrito desde Benedetti, no es nostalgia de oficinista. Es una radiografía precisa del trabajo contemporáneo, con sus «jefes de succión», sus «concursos sin premios» y esos «archivos temporalmente definitivos» que describen, mejor que muchos ensayos, la precariedad como estado de ánimo. Rodrigo procede aquí como en todo el libro: toma un referente —Benedetti, el poeta de la ternura cívica— y lo actualiza sin traicionarlo. Y deja flotando, sin formularla, una pregunta generacional: la de un autor nacido en 1973, lector voraz, que escribe desde la conciencia de pertenecer a una generación intermedia, demasiado joven para los novísimos y demasiado mayor para las modas de ahora. Esa posición incómoda —ni vanguardia ni relevo— es la que le concede libertad para saquear a todos sin rendir cuentas a ninguna capilla.
Conviene añadir algo sobre su recepción previsible. Un libro así corre el riesgo de ser leído como mero juego erudito por quien no quiera ver más, y como provocación tecnológica por quien solo atienda al titular de la inteligencia artificial. Ambas lecturas son perezosas. La interesante es la tercera: la de un poeta que convierte la dependencia de otros en método y la asume sin coartadas. Esa honestidad de procedimiento es, hoy, más rara de lo que parece.
Este es el tipo de libro al que merece la pena dedicarle una discusión larga, y más de una. No por perfecto —no lo es—, sino por las preguntas que pone sobre la mesa: qué es escribir desde lo leído, qué es la autoría cuando la máquina entra en el taller, qué queda de propio cuando todo viene de otro. Rodrigo no responde. Tiene la sensatez de limitarse a plantearlas, en verso, y dejar que seamos nosotros quienes brindemos o discutamos. Yo, por mi parte, discuto. Y vuelvo a leerlo.
— Ana María Olivares
