Libertad, el debut poético de Silvia Cubeles Vaquero, es exactamente el tipo de libro que la industria editorial no sabe cómo vender y que la crítica despacha con una frase amable antes de pasar a otra cosa. Conviene decirlo desde el principio, porque no voy a hacer lo mismo.
El libro recoge sesenta poemas en español y catalán escritos desde una celda y un centro psiquiátrico. La autora barcelonesa llegó ahí a consecuencia de un proceso judicial en el que el denunciante fue alguien a quien amaba. No es un libro sobre el victimismo: es un libro sobre el daño y sobre la resistencia.
Lo que la crítica ha tendido a pasar por alto es la coherencia de la apuesta formal. La reducción extrema del lenguaje no es una limitación sino una posición estética: el poema sin ornamento porque la experiencia tampoco lo tenía. «Soy tan peligrosa / y tan mala / que tu mejor solución / ha sido encarcelarme»: la ironía aquí es una forma de supervivencia que el poema ha hecho suya.
La alternancia entre el español y el catalán no es un gesto de geografía lingüística sino una decisión de geografía emocional: el catalán aparece donde el dolor es más íntimo. Que eso funcione sin subrayarlo dice mucho de la inteligencia con que está construido el libro.
El poema «CENTRO PENITENCIARIO» —nueve versos sobre la lluvia en el patio— sintetiza su propuesta mejor que ninguno. «Llueve y el cielo cae sobre ti. / No estás privada de libertad. / No del todo». El «no del todo» es la grieta por donde entra todo lo que el libro tiene que decir.
Libertad es un libro que debería discutirse más y elogiarse menos. No porque no merezca el elogio, sino porque tiene sustancia suficiente para aguantar una discusión de verdad. Nos recuerda por qué la poesía puede ser una forma de resistencia cuando ya todo lo demás ha fallado.
— Ana María Olivares
